Que tres de cada 10 universitarios presenten síntomas severos de depresión no es una anécdota estadística ni un problema individual, es una señal de alarma social. Detrás de estos números obtenidos a través de una investigación del Consorcio de Universidades y de casos registrados en el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado, hay un malestar profundo que no se explica solo por fragilidad emocional, sino por las condiciones estructurales en las que hoy viven los jóvenes. Durante años se repitió que esta sería la generación con más oportunidades, más información y más libertad que nunca. Sin embargo, es también una de las más ansiosas, insatisfechas y emocionalmente exhaustas.
La paradoja es evidente: nunca hubo tantas opciones, pero tampoco tanta sensación de vacío y soledad. El futuro dejó de ser una promesa y pasó a ser una incógnita dolorosa. Se les exige proyectarse, planificar y competir en un mundo económico, político y climático crecientemente inestable. Esa contradicción genera ansiedad crónica: se les pide construir una vida en un escenario pantanoso e incierto que no ofrece certezas.
En la era de la hiperconexión, los jóvenes nunca estuvieron tan conectados y a la vez tan solos: las relaciones digitales ‘reemplazan’, pero no compensan el contacto humano profundo. Muchos jóvenes carecen de vínculos afectivos significativos. La soledad emocional –no sentirse vistos, escuchados o comprendidos– se ha convertido en uno de los grandes detonantes del malestar psicológico actual. A esto se suma un ritmo de vida que no concede pausas. La exigencia es constante: producir, responder, adaptarse.
El cansancio se normaliza, el estrés se romantiza y la fragilidad se estigmatiza. Pedir ayuda todavía se vive como una debilidad, por lo que muchos cargan su malestar en silencio hasta que el cuerpo o la mente colapsan. Pero, más allá del estrés, hay una pregunta que atraviesa a esta generación: ¿para qué? ¿Para qué estudiar, trabajar y competir si el mundo parece injusto, violento o sin rumbo?
La ausencia de horizontes colectivos –proyectos comunes, ideales compartidos– deja a muchos jóvenes librados a una búsqueda individual de sentido que resulta agotadora. La felicidad no se construye solo con logros personales, sino con pertenencia. Cuando esa dimensión desaparece, el éxito se vuelve estéril. La depresión es como vivir en un cuerpo que lucha por sobrevivir, en una mente que intenta morir. El aumento de la depresión juvenil no es una moda ni una exageración generacional. Es el síntoma de una sociedad que exige mucho y abraza poco, que acelera, pero no acompaña. Escuchar a los jóvenes no es un gesto de compasión: es una urgencia política sobre la que aún tenemos tiempo de actuar.
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