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Los juegos del hambre
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Un pan pita y una ración de comida. Esa es la dieta balanceada que ha establecido el Gobierno de Israel dirigido por Benjamín Netanyahu para la población en Gaza que, desde inicios de marzo, no ha tenido acceso a víveres para alimentarse. “¿Me gustaría evitar tener que introducir un solo grano de sal en la franja de Gaza, incluso para los civiles? Es posible”, dijo a inicios de semana el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, del partido ultraderechista israelí Sionismo Religioso, uno de los sostenes de la coalición de gobierno que mantiene a Netanyahu en el poder.
La decisión de Israel de permitir ingresar los camiones de alimentos al enclave palestino –una cantidad ínfima para paliar la hambruna que ya padece la población gazatí que no solo soporta los bombardeos, sino también la falta de medicinas básicas– no se ha basado en la compasión, sino como respuesta a la cada vez mayor indignación de sus aliados internacionales. Y así lo han dicho Smotrich y el propio Netanyahu.
En esta semana, la Unión Europea ha señalado que va a revisar el acuerdo de asociación que regula la relación entre Israel y el bloque, que no solo se trata de comercio, sino también de cooperación política. Que 17 países del bloque hayan pedido esta revisión no es poca cosa. Un disgusto que se ha acrecentado luego que soldados israelíes dispararan contra una delegación de 30 diplomáticos de diversos países, entre ellos varios europeos, que se encontraban en Jenin, Cisjordania.
La presión ha llegado, incluso, de su más cercano aliado: Estados Unidos. El propio Donald Trump dijo durante su reciente visita a Emiratos Árabes Unidos –en una gira al Medio Oriente que excluyó a Israel– que estaba pendiente de la “hambruna” en Gaza, y ya se hizo evidente que el estadounidense está priorizando su relación con el príncipe saudita Mohammed Bin Salman –con los millones en negocios e inversiones que ello significa– que seguir cargando con una guerra que Netanyahu no quiere terminar porque, políticamente, aún le conviene. Para no seguir disgustando a Trump, el primer ministro israelí también ha accedido a que contratistas estadounidenses se encarguen de administrar la ayuda humanitaria en Gaza, desplazando a la ONU de esta tarea. Un plan del que aún no se conoce mucho, pero que está despertando suspicacias, por lo que implica la presencia de mercenarios en un polvorín como la franja.
Mientras se toman estas decisiones políticas y geoestratégicas, las familias de los 58 israelíes secuestrados por Hamas hace 17 meses continúan esperando. Sus voces, reclaman, son cada vez menos escuchadas por su propio gobierno.

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