Desde Irán hasta Venezuela, el mundo sufre un dolor inimaginable mientras en el Perú una reunión presidencial chifera retrata la perversión de una república que sobrevive en medio del hedonismo y la banalidad más absoluta. Lo peor de este entuerto político, además de moral, es que el estupor que en este momento envuelve al planeta no le es ajeno al país del mandatario dinámico e instintivo. Si no, pregunten a las víctimas de las balaceras diarias o a los familiares de tantísimas mujeres violadas, quemadas o traficadas a lo largo y ancho de nuestro desventurado país.
Hablando del dolor al que Dante definió como el estricto maestro cuyas duras lecciones fortalecen al espíritu, es bueno recordar a las grandes plumas que, tal como la del autor de “La divina comedia”, nos ilustraron sobre efectos que ahora son investigados por la neurociencia. Para el antropólogo David Le Breton, el dolor es un verdadero “terremoto para la identidad”, y esto se debe al hecho de que cualquier tipo de experiencia dolorosa conmueve nuestro sentido del yo. La paradoja es que el dolor tiene efectos terapéuticos: entre ellos, ayudarnos a valorar la vida en toda su belleza, misterio y complejidad.
Miguel de Unamuno, notable escritor y filósofo español perteneciente a la generación del 98, definió el sufrimiento como una fuerza que estructura la existencia. Un hecho que lo convierte en un principio filosófico que nos ayuda a explorar, desde una perspectiva más clara y exigente, la vida que generosamente nos ha sido otorgada. La muerte de su hijo Raimundo empujó a Unamuno a escribir febrilmente para tratar de explicar lo inexplicable. En esta valiente revisión del ego y sus limitaciones, el autor de “Niebla” abordó una de las mayores paradojas hoy brutalmente puestas en evidencia: la obsesión humana por perdurar en el tiempo a sabiendas de que, el día menos pensado, la destrucción y la muerte nos esperan a la vuelta de la esquina. Tanto el “sentido trágico de la vida”, al que se refiere alegóricamente Dante, como el desgarro que emana de la obra de Unamuno, aluden a un viaje difícil donde afloran todas las capacidades humanas. En la búsqueda de una inmortalidad saboteada por un cuerpo marcado por un destino mortal entran a tallar la razón, la imaginación y el amor. Tres entrañables compañeros de ruta de una épica que el genial Albert Camus imaginó representada por Sísifo, quien, a pesar de saber que la roca que intenta elevar a las alturas volverá a caer, no se rinde en su quimera.
En un brillante análisis sobre la relevancia de Dante, el padre de las Humanidades, para lidiar con la compleja e inquietante realidad actual, Marina Duarte propone volver a la sabiduría encapsulada en los escritos del notable desterrado florentino. Retornar a un pasado compartido para dotar de sentido el presente pasa por la pedagogía de los clásicos, hoy olvidados en la mayoría de escuelas del planeta. Como todos los grandes textos que los imberbes comunicadores de Palacio de Gobierno deberían al menos hojear, “La divina comedia” ofrece un lenguaje simbólico capaz de enfrentar una época en la que el “a toda máquina” de la sudadera reggaetonera debe venir acompañado de una reflexión profunda y alturada que penetre las mentes y los corazones de millones de peruanos perdidos en medio del caos generalizado. Porque el sufrimiento solo adquiere sentido a la luz de un bien superior que nada tiene que ver con las camisas remangadas, las botas de faena o el arroz chaufa con el tal Johnny.
“Al hombre se le puede arrebatar todo”, nos recuerda el notable Viktor Frankl, “salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. El Perú, un país grande en recursos y con una cultura milenaria que entendió mejor que nadie las enormes contradicciones de la condición humana, exige un liderazgo serio, maduro y con un proyecto intelectual acorde con estos tiempos carentes de humanidad que nos ha tocado sufrir.
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