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Mientras tanto en el Perú
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Hace años que la política dejó de pensarse en términos de permanencia. Cuando asumió la presidencia en el 2021, la pregunta que circulaba no era qué país pretendía gobernar, sino cuánto tiempo lograría quedarse. La respuesta llegó pronto. Igual fue tarde.

Con la pregunta ni siquiera necesitó formularse. Estuvo ahí desde el inicio, flotando en el ambiente. ¿Cuánto durará esta tregua inquieta?

Hoy, con un gobierno que se asume a sí mismo como transitorio, encabezado por José Jerí, y con el calendario electoral ya en marcha, el país vuelve a hacerse la misma pregunta, apenas reformulada: ¿y ahora qué? ¿Qué vamos a escoger en las urnas?

No es que hayamos dejado de desear algo mejor, pero la política se volvió un espacio donde las expectativas se administran con cautela. La política peruana vive en provisionalidad porque nadie ha conseguido que el país baje la guardia. Es como si tratáramos a cada gobierno como un alquiler temporal. Nadie se atreve a colgar cuadros en la pared por si acaso haya que irse antes de tiempo. Y no es por falta de ganas; muchos quisiéramos poder confiar, soltar un poco, dejar en manos de alguien decisiones que hoy nos mantienen en vilo.

Por eso, el problema electoral del Perú no es la escasez de buenos candidatos –eso no es lo que nos falta–, sino la incapacidad de producir un resultado electoral que una mayoría esté dispuesta a aceptar como propio durante cinco años.

Las elecciones que vienen son complejas, sí, por la fragmentación política y el número de candidaturas. Pero lo son, sobre todo, porque el país ya no entra a un proceso electoral dispuesto a aceptar un resultado. Votamos sabiendo que lo que salga será discutido, resistido o puesto en cuestión desde el primer día.

Antes de cualquier promesa de largo plazo, hay una pregunta más básica: si el resultado permitirá gobernar sin que el país viva permanentemente en disputa.

Tal vez por eso, más que milagros, lo que muchos buscamos es tranquilidad. La posibilidad de delegar, de soltar, de confiar en que quienes gobiernan puedan hacer su trabajo sin que el país tenga que vivir en un estado de alerta constante, siempre pendiente de qué viene después.

No hay forma de garantizar que eso ocurra. Ninguna elección lo garantiza. Pero si el próximo resultado logra generar un nivel suficiente de aceptación como para dejar gobernar, incluso sin entusiasmo, el mientras tanto podría dejar de ser el eje de la política. No suena tan mal.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Macarena Costa Checa es politóloga.

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