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Somos muchos, pero no somos machos
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Las municipalidades se han convertido en una gran barrera para el desarrollo de las ciudades y para el crecimiento de la inversión privada. En algunos casos, por falta de entendimiento de la economía, lo que implica hacer empresa, por falta de capacidad técnica (no tienen personal capacitado) o por no entender los costos de la sobrerregulación. Pero, en la gran mayoría de los casos, es por corrupción.
Las redes de corrupción en las municipalidades son conocidas por todos en nuestro país. No podemos seguir sin reconocer que tenemos un elefante en la cristalería y que existen muchas empresas que caen en la extorsión municipal, convirtiéndose en cómplices de un delito, pero también en cómplices de la degradación de las instituciones en el país.
¿Cómo operan estas redes de corrupción municipales? No vaya a creer que es el mismo alcalde quien se encarga de la gestión. De hecho, son funcionarios corruptos en todos los niveles o “asesores” que se encargan de extorsionar a las empresas para obtener pagos ilegales. Pero las redes operan de tal manera que, desde el alcalde hasta el último funcionario, se benefician con las coimas. Tomemos, por ejemplo, lo que ocurre en el sector construcción. Una empresa tiene un proyecto de desarrollo inmobiliario en un distrito determinado y tiene que presentar el proyecto a la municipalidad para su aprobación. Dependiendo del tamaño, se activa la red. Los funcionarios debidamente organizados comenzarán cuestionando el proyecto y solicitando un monto de dinero para otorgar la aprobación. Si la empresa se niega, inmediatamente se activan las observaciones y las demoras en las aprobaciones. Seguirán las recomendaciones de contratar a una empresa determinada, cercana al alcalde, para levantar las observaciones y, de no hacerlo, la municipalidad se encargará de seguir dándole largas a la empresa. Con ello, se perjudica el proyecto, a la empresa y a los inversionistas. Pero también a aquellas personas que decidieron comprar un departamento en planos.
El problema aquí es que son demasiadas las empresas constructoras que han incluido en sus costos de operación las coimas para “facilitar” las aprobaciones y permisos municipales. Desde Lava Jato, pocas cosas han cambiado. La coima está perfectamente institucionalizada perjudicando, además, a aquellas empresas que no quieren caer en actos de corrupción. Pero lo cierto es que ningún empresario o ejecutivo se ha atrevido a levantar la voz y denunciar las redes de corrupción y las extorsiones. Y, es que como dice el título de esta columna, en el Perú somos muchos, pero no somos machos.
Sabemos bien que existen alcaldes que llegan al poder para hacer negocios indebidos. Sabemos quiénes son, los conocemos y conocemos las historias de cómo operan. Y operan impunemente. Paseándose por canales de televisión mostrando sus supuestos logros y cuestionando, fíjese usted, la corrupción.
La corrupción ocurre, pese a que si uno observa la política en el Perú creería que nuestro sistema de justicia ha sido bastante exitoso en sancionarla al ver a nuestros expresidentes presos junto a tantos gobernadores y alcaldes. Pero lo cierto es que la corrupción en el Perú es un sistema en el que operamos todos los peruanos. Corrompamos o no, estamos inmersos en ella. Y nuestro silencio, nuestra falta de valor para denunciarla, nos convierte en cómplices.
Para reducir la corrupción necesitamos líderes empresariales valientes que se atrevan a enfrentarse a las redes de corrupción. Existen suficientes gremios y organizaciones empresariales que pueden canalizar las denuncias. Es solo cuestión de querer cambiar el país.

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