Si se asume que detrás de los últimos presidentes peruanos hay una predecible cosmología racional de ascenso que pueda explicarnos su llegada al poder, solo se está queriendo vender una explicación inverosímil. Los últimos presidentes del Perú tuvieron muchísima fortuna. Ninguno construyó grandes carreras políticas ni maquinarias de poder, y por eso mismo perdieron el poder con pasmosa facilidad y escandalosa rapidez. Esa rapidez es directamente proporcional a su extrema fragilidad.
Max Weber, cuando se preguntó de dónde provenía la legitimidad de quienes ejercen el poder en la modernidad, explicó el concepto de la legitimidad legal-racional, basada en la ley. Para alcanzar esta última, el político debía consagrarse secularmente y a tiempo completo a su oficio. Con ese fin se organizaron los partidos políticos, cuya función era canalizar la competencia por el poder. Thomas Hobbes también pensó en esa consagración secular cuando arrancó la noción de ministro de la teología para acercarla a la función pública.
Pero, en el Perú, ninguno de nuestros últimos presidentes llegó a detentar el poder después de una consagración secular o de una carrera política larga. Incluso los políticos más mediocres del pasado habían militado durante años en canteras partidarias. Ni Pedro Castillo ni Dina Boluarte pensaron en encontrarse con las cuotas de poder que detentaron. Manuel Merino jamás hubiese imaginado que juraría la presidencia.
El poder político en el Perú es extremadamente endeble, salvo dos excepciones: el fujimorismo y el acuñismo, que parecen haber encontrado confort no en gobernar, sino en conservar parcelas estables de poder.
Esa precariedad del poder político y su impredecibilidad explican muchas cosas. Entre ellas, que el presidente sea casi un rehén del Parlamento y del futuro Senado. Ningún presidente tendrá grandes mayorías parlamentarias y deberá gobernar con el freno de mano puesto. Ningún gobierno podrá implementar un gran plan nacional a menos que logre poner al ciudadano de su lado. Pero nuestro país no fue concebido como un parlamentarismo hegemónico. Sin ninguna consulta ciudadana, el presidencialismo peruano ha sido diezmado, y hoy el Parlamento es capaz de frenar o acelerar cualquier movimiento político.
Ningún país de la región fue diseñado con esa vocación parlamentarista. Quizá se deba a nuestra cultura política o a nuestro amor por los caudillos. Pero los gigantescos agujeros fiscales y las leyes populistas que comprometen la estabilidad macroeconómica de largo plazo son obra del Congreso. En un país donde los políticos por accidente llegan con tanta facilidad al poder, construir un régimen parlamentarista solo aumenta nuestra vulnerabilidad política y nadie parece estar interesado en esta discusión incómoda.
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