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El país que vale billones y vive en riesgo
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En abril del 2026, los peruanos elegiremos a nuestro próximo presidente de la República. La decisión no es menor: se trata de escoger a la persona que administrará el país, algo muy parecido a designar a la máxima autoridad de una empresa gigantesca. La Constitución solo exige tres requisitos para postular: ser peruano de nacimiento, mayor de 35 años y tener derecho al voto. ¿Es suficiente ello para dirigir el destino de más de 33 millones de personas y un patrimonio colosal?
El electorado debería exigirle más a los candidatos que aspiran a este importante cargo. Deben conocer el país que pretenden administrar, empezando por una pregunta básica: ¿cuánto vale el Perú y cómo se protege ese valor frente a los riesgos? Pensemos en el país como en una gran casa. Nadie viviría tranquilo sin saber cuánto vale su vivienda ni qué tan protegida está frente a un incendio o un terremoto. Sin embargo, como país, muchas veces actuamos de ese modo.
El patrimonio del Perú está valorizado entre 1,2 y 1,5 millones de millones de dólares. Es una cifra enorme. Incluye carreteras, hospitales, colegios, viviendas, puertos, aeropuertos, redes de agua y electricidad, y todo aquello que es fuente de producción y servicios básicos: la base del funcionamiento diario del país y de su crecimiento económico. Y esto sin contar nuestra riqueza intangible, como la historia y la cultura.
Pero hay un dato inquietante: entre el 10% y el 20% de ese patrimonio podría perderse si un megasismo –como el de magnitud 8,8 largamente advertido para Lima– golpea la capital. No es alarmismo. Vivimos en el cinturón de fuego del Pacífico, una de las zonas más sísmicas del planeta. Aun así, el Presupuesto de la República destina montos ínfimos a obras de prevención de desastres. Seguimos reaccionando después del golpe, no antes. Sin inversión en resiliencia, un solo evento extremo puede borrar décadas de progreso en minutos.
La inversión es el motor del crecimiento. El PBI refleja decisiones tomadas años atrás: sin inversión hoy, no habrá crecimiento mañana. La evidencia es clara: por cada dólar invertido en infraestructura resiliente, el retorno puede multiplicarse por cuatro, según el Banco Mundial.
Por eso, el electorado debe exigir más que promesas. Debe exigir conocimiento del país real, de su valor y de sus riesgos para tomar decisiones correctas. Elegir bien es un acto de responsabilidad. El Perú vale demasiado como para dejarlo en manos de quien no sabe –o no quiere– protegerlo.

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