
Qué duda cabe de que el sistema político peruano es premoderno. Luego de abortar esa modalidad institucional de agregar intereses y organizar colectivos –conocidos en Occidente como partidos políticos–, hemos adoptado una forma primaria de membresía y movilización: las tribus políticas. De izquierda o de derecha, liberales o conservadores, las tribus políticas son los vehículos que emplean nuestras presuntas élites políticas para incidir en la cosa pública y polarizar el país, esa única vía inteligible para ellos de hacer política. Se trata de articulaciones sociales delimitadas, con más precariedad que planificación, que construyen sentidos de pertenencia a partir de la animadversión hacia “los otros” antes que la lealtad a un “nosotros”. Son cofradías y argollas que atraviesan puestos decisorios de la administración pública, medios de comunicación (convencionales y alternativos), operadores económicos, opinología y academia, con la finalidad de usufructuar poder sin importar quién gane las elecciones, por ejemplo, por la puerta trasera de la destitución presidencial.
En el ecosistema tribal de la política peruana predominan dos campos: el caviar y el anticaviar. La tribu caviar es más o menos conocida: un sector progresista radical en lo valórico y moderado con respecto del modelo económico (lo critica por hábito, no por convicción). En términos de composición social está conformado por sectores mesocráticos (tradicionales estancados, emergentes aggiornados y ‘wannabe’) cuyas huestes están compuestas por jóvenes de universidades letradas de la capital con las zapatillas bien puestas. Cuentan con ciertas comodidades económicas que les permite militar en causas globales –como el cambio climático–, aterrizándolas al medio local –un tostado ‘blend’ antiminero del Alto Piura de su último café deslactosado–. Sus adalides son pretenciosamente intelectuales y habitan la ociosa academia ensayística, el periodismo “independiente” [sic] y la burocracia de la responsabilidad social del mundo ‘corporate’, desde donde convocan pronunciamientos, plantones, coreografías, batucadas, hashtags y todas esas formas de exhibicionismo de la indignación, como capital moral para sentirse un poquito menos culpable luego de haber choleado para sus adentros a todos sus empleados.
El sector anticaviar –como toda articulación anti– es más complejo y diverso. Podemos perfilar al menos tres tribus cuyas animadversiones, antes que intereses, se alinean. No se trata de un “pacto” sino de un sentir común compartido y que se asientan en representaciones sociológicas. Comencemos con la tribu anticaviar conservadora que, en realidad, es sobre todo esto segundo antes que lo primero. Defienden valores morales tradicionales y toleran el clóset, pero no el escándalo. En términos económicos, ‘business son business’, así que conviven cómodamente libertarios y mercantilistas, pero por favor no les toquen la Constitución de 1993. Para el éxito de sus negocios, Carlos Boloña ha sido más importante que Julio Velarde. Regentan directorios ‘old-school’, conspicuos bufetes de abogados y aún mantienen enclaves en cátedras de historia y de humanidades limeñas. Sus referentes intelectuales tienen más ‘expertise’ en la heráldica que en la econometría. Su entendimiento de la sociedad peruana tiene vista al Golf. Detestan a los caviares por razones históricas, pues se han socializado en el linaje de confrontar a lo que llaman el “rojerío”. Así, califican a las ONG como neocomunistas. Estamos ante el trumpista de Miguel Dasso.
En segundo lugar, la tribu anticaviar plebeya proviene de los parientes pobres, provincianos y cobrizos de los caviares. Érase una vez, cuando bajo el lema del “pueblo unido jamás será vencido”, la izquierda soñaba con la utopía gramsciana de una alianza revolucionaria multiclasista, multicolor, multitarea. En aquella división social del trabajo político, mientras los intelectuales orgánicos limeños rumiaban sobre la versión más adecuada del socialismo marxista para una sociedad de migrantes rurales convertidos en informales urbanos, sus vanguardias provincianas se habían creído completito el cuento de la toma del poder por las armas. Trova cubana para los de arriba; Flor de Retama para los de abajo. Al caer el muro y los partidos, la izquierda capitalina se acomodó en la tecnocracia no gubernamental, cuyo modelo no chorreó más allá de Jesús María, salvo algunos “incorporados” como “promotores sociales” en asentamientos humanos y comunidades campesinas. Esta tribu plebeya, más urgida por el día a día que por el Día del Orgullo, resienten lo que consideran la traición histórica de sus excompañeros, hoy caviarizados gracias a los recursos de la cooperación internacional. Los intelectuales orgánicos de los anticaviares provincianos de izquierda conquistan cátedras grises de universidades nacionales del interior, su ‘sociedad civil’ son los ronderos, y su socialité, los habitués de club provincial. Son los cerronistas de convención en Huampaní.
La tercera tribu anticaviar es la oportunista o también denominada anticaviar por sorpresa. En realidad, no tiene preferencias programáticas, pero sí harta ambición de poder y vocación para ostentarlo. Ha encontrado en la crítica a los caviares su lugar en el mundo desde donde rentar puestos públicos y consultorías, desde donde salir del opaco anonimato vociferando términos peyorativos hacia sus oponentes (“mafia caviar”, “fuerzas oscuras”, “golpe blanco”) para granjearse aplausos prestados de los anticaviares históricos. El interregno de las crisis que vivimos les ha dado su cuarto de hora. Son las Dinas y los Queros de este Ejecutivo, la emergente casta que invade tribunales constitucionales y contralorías, los okupas de las defensorías. Su pobreza intelectual es proporcional a su frivolidad militante; su mediocridad, el elemento cohesionador. Su base social –perdonen la exageración– es del tamaño del error muestral de las encuestas.
Pero precisamente es este subgrupo, el más coyuntural y soso, pero el más proactivo y atrevido, que tiene como estrategia principal polarizar contra los caviares –hoy sin brújula– con el fin de procurar respaldo político de las otras tribus anticaviares para su sobrevivencia política. El resultado puede ser inesperado, pues en su afán de estigmatizar a los caviares terminan victimizándolos y otorgándoles excesiva atención pública. Una tribu tan impopular y despreciada, como la anticaviar oportunista, ineficiente en el gobierno, solo es capaz de procurarle dignidad y jerarquía a sus oponentes, así estos no tengan mérito alguno. El gobierno de Boluarte –liderado por esta tercera tribu anticaviar– tendrá entre sus legados haber fortalecido tanto al sector progresista, que, si tuviese un líder visible, ya estaría marcando en las encuestas.