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El ambiente político está cada vez más caldeado, debido, entre otras razones, a la impunidad de rebaño que parece instalarse —consecuencia de leyes y fallos recientes— y a la impaciencia ciudadana ante problemas que parecen ser crónicos. En medio de ello, ha causado cierto revuelo la aparición, por primera vez, del alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, al frente de las preferencias electorales, con 10% (“Perú 21”, 18/8/2025). El alcalde tiene a su favor una gestión de la cual puede echar mano y un posicionamiento opositor ante una presidencia impopular.
Así las cosas, el tablero se mueve después de varias mediciones. Desde enero del 2025, Keiko Fujimori ha perdido 4 puntos porcentuales: de 12% a 8%. En el mismo período, López Aliaga ha ganado 6, y pasa de 4% a 10%.
No obstante, una mirada más concienzuda muestra picos y hondonadas en las preferencias por el burgomaestre capitalino. Así, en el pequeño aunque influyente 2% que constituye el NSE A supera el tercio: 35%. En cambio, en el vasto NSE E (34% de la población) alcanza solamente el 3%. Por su parte, en parámetros territoriales, en Lima llega a 18% y duplica a Fujimori (9%). Pero, en el interior, su intención de voto es solo la mitad de su promedio nacional (5%).
Sin embargo, los movimientos de las preferencias podrían hacer perder de vista el otro bolsón que sigue consolidándose: el antivoto, ese conglomerado que se decanta por el blanco o nulo (38%) o por quienes no precisan (13%) y que, en conjunto, superan a la mitad de los encuestados (51%). Desde enero, esta cifra ha crecido 7 puntos porcentuales.
Una revisión detallada de los conglomerados que presenta Ipsos revela que el antivoto proyecta un perfil muy claro: no limeño y de bajos recursos. El dato no es menor si se considera lo persuasivo que fue el engañoso mensaje de Pedro Castillo en el 2021: “No más pobres en un país rico”.
En el interior del país, el antivoto es 6 puntos más que el promedio nacional, mientras que el blanco o nulo es considerablemente mayor que en Lima (44% versus 25%). En cuanto a NSE, en los sectores A y B, el voto blanco y nulo (20% y 25%, respectivamente) es marcadamente menor que en el NSE E (50%). De hecho, el antivoto, como bolsón, pasa de 51% en el promedio nacional a 67% en el NSE E.
Así, parece que todas las distancias que nos separan, regionales y sociales, marcarán nuevamente el devenir electoral de abril y junio del 2026. Es más, con la obligatoriedad del voto, el antivoto dará paso a una elección que se moverá entre la resignación y la negligencia. Al final de cuentas —parecen pensar los electores— ¿cambiará algo con las nuevas autoridades?

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