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Un MEF fusible
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Las reacciones a la salida de José Salardi del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) provenientes del sector privado y del gobierno de Dina Boluarte nos dejan varias claridades.
En primer lugar, que existe un hambre de reformas entre los gremios empresariales que contrasta profundamente con la resistencia del entorno de Boluarte a dar un paso adelante, temeroso de pisar algún callo.
Es llamativo que la agenda de Salardi haya gatillado tan rápidamente su salida del Ejecutivo y haya despertado tantas pasiones gremiales, debido a que la mayoría de sus propuestas podrían considerarse hasta timoratas si las comparamos con la larga lista de reformas que se necesitan para impulsar la productividad y aumentar el crecimiento potencial del país.
Al ‘shock’ desregulatorio le faltaban nueces, pero al menos esta iniciativa apuntaba en el camino correcto de eliminar barreras burocráticas y mejorar la forma en la que el Estado se relaciona con las iniciativas empresariales. Pero hasta ese casi tímido movimiento superó la intolerancia al cambio del gobierno, que ha encontrado en esta especie de juego de las estatuas su estrategia para sobrevivir.
Más polémica, en fondo y forma, es la reforma de las asociaciones público-privadas, que ponía en los hombros de Pro Inversión el peso de liderar el Sistema Nacional de Promoción de la Inversión Privada.
¿Los mayores riesgos fiscales que ha advertido el Consejo Fiscal ameritan el incremento en la eficiencia que esta reforma ha prometido? Es la discusión que debería darse en el Congreso cuando el Ejecutivo observe la autógrafa promovida por Salardi –como ha adelantado el nuevo ministro Raúl Pérez-Reyes–, pero esperar debates técnicos del Parlamento es como creer que los actuales ministros van a llegar a julio del 2026. Y tendremos que ver cómo –y si– se ejecuta la concentración de programas en la Autoridad Nacional de Infraestructura.
El problema del intempestivo cambio en el MEF es que el titular de este sector se ha sumado a la lista de ministros fusibles, de nombres que se pueden sacrificar en pos del régimen cuando, más bien, solía ser el sector más estable.
Pérez-Reyes ha prometido que la relación con el sector privado se va a mantener, pero el nuevo ministro parece no entender que los gremios no solo quieren que los escuchen y se tomen una foto con ellos, sino que se ejecuten las reformas que necesita el país sin temor a cuáles sean los costos políticos en el corto plazo. Y eso, este gobierno ha dejado claro que no lo va a permitir.

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