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¡Ya legislarán los bárbaros!
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¡Vaya momento el que vive el país! Y mientras tanto, un cúmulo de ausencias convierte a la política en un terreno árido. Así, no resulta extraño que las principales noticias de la última semana hayan girado en torno al insensible e inoportuno incremento del sueldo presidencial y a las amenazas a la libertad de prensa por parte de altos funcionarios.
¿Pero cuáles son estas ausencias? Para empezar, el impune bloqueo de carreteras en varios sectores del territorio nacional por parte de mineros informales e ilegales, denota una ausencia de orden. El impacto: la suspensión de transporte terrestre en varias regiones.
El gobierno, además, parece carecer de rumbo o algo cercano a un eje de gestión. En los últimos días, la energía de sus principales voceros, por ejemplo, se ha malgastado en explicar el cambio en la remuneración presidencial, lo que no es precisamente una urgencia ciudadana.
Lo anterior es resultado, a su vez, de otras dos carencias: la de contrapesos y oposición. En la práctica, al menos como una percepción, lo que el país experimenta es un cogobierno del Gabinete liderado por Eduardo Arana y quienes sostienen al régimen en el Parlamento.
La evidente inexistencia de una oposición es toda una rareza en el análisis político y ha convertido al eje oposición-oficialismo en un conjunto vacío. Porque llama poderosamente la atención que un régimen tan impopular carezca de una oposición medianamente organizada. Por su parte, los casi 30 votos que podrían considerarse el contrapeso del oficialismo en el Parlamento no alcanzan para hacer peligrar la estabilidad del gobierno.
Tampoco se tiene agenda. Aunque los problemas se acumulan sin solución, no se identifica con claridad cuál es el eje de la agenda del debate político. En principio, la ubicua inseguridad ciudadana parece haberse normalizado, mientras el peso de los mineros que protestan se consolida en distintos ámbitos del quehacer social y económico. Ni oficialismo ni oposición parecen tener la voluntad de plantear alguna salida.
Lo dicho en los párrafos previos explica, en buena parte, la ausencia más notoria y relevante: el país está a nueve meses de los comicios y a poco más de un año de cambiar de gobierno. Pero, salvo excepciones, los candidatos brillan por su ausencia. Se echa de menos planteamientos concretos, más allá de los fuegos artificiales a los que recurren quienes tienen pantallas a disposición o cargo que puedan usar para exhibir algo.
Los años preelectorales solían venir cargados de agendas o ideas, o del surgimiento de personajes o liderazgos que empezaban a marcar la pauta, mientras el gobierno saliente se empeñaba en dejar el mejor legado posible. No parece ser el caso esta vez. Como decía Kavafis en uno de sus más célebres poemas: “Ya legislarán los bárbaros, cuando lleguen”.

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