A inicios de este siglo, no era sentido común apostar a que el Perú fuera a ser una potencia global en la agroexportación. Dos décadas después, miles de hectáreas de valles áridos se han transformado en cultivos que alimentan a familias en todos los rincones del planeta. Y este año –a juzgar por el valor de los envíos– ha sido especialmente bueno para el sector.

De acuerdo con , entre enero y setiembre del 2025, las exportaciones agropecuarias llegaron a US$8.300 millones, lo que implica un crecimiento de 20,1% frente al valor del mismo período el año anterior, y una cifra récord. A pesar de las tensiones comerciales con EE.UU. debido a los aranceles que ha impuesto al resto del mundo, este país incrementó sus compras de alimentos peruanos en 18,4%, y se mantiene, por lejos, como el principal demandante de nuestras agroexportaciones.

Las agroexportaciones no solo son una fuente importante de divisas y tributos para el Perú. A setiembre del 2025, existían cerca de 650 mil puestos de trabajo formales, en planilla, en el sector agropecuario, la mayoría relacionados a la cadena exportadora. En lo que va del año, esto representa un incremento del 23% frente al 2024, una tasa casi cuatro veces mayor que el crecimiento de la planilla total. De manera gruesa, el agropecuario es ya el tercer sector con la mayor contribución al empleo formal, solo detrás de comercio y servicios; nada mal para una actividad que ha sido tradicionalmente informal. Y con respecto a los ingresos promedio, estos crecieron 42% desde antes de la pandemia hasta hoy en términos nominales, y 12% en términos reales –de nuevo, bastante más que el resto de la economía–.

Nada de esto, sin embargo, ha impedido que azuzadores promuevan paralizaciones y actos violentos contra la actividad. En el último quinquenio, por ejemplo, personajes como Guillermo Bermejo –hoy condenado por vínculos terroristas– y allegados a su ideario político impulsaron protestas en zonas de grandes cultivos. Otros buscan regulaciones que dificultarían mucho el avance de las inversiones.

Aún así, la historia del agro nacional siguió adelante, y tiene para rato. Grandes proyectos de irrigación –como Chavimochic III, en La Libertad, o Majes Siguas II, en Arequipa– darán un impulso adicional al espacio de siembra de nuevos cultivos. Su destrabe es urgente. Desde el lado logístico, Chancay debería consolidarse como la puerta de acceso desde los valles de la costa norte del país hacia el Asia. Nuevos puertos y mejores carreteras ayudarán también, en coordinación con el desarrollo de cadenas de frío. Además, el gobierno no puede cejar en el esfuerzo de abrir nuevos mercados vía tratados comerciales y, luego, en el levantamiento de barreras comerciales específicas –principalmente las fitosanitarias–. La historia, decimos, tiene para rato si no dejamos que algunos la empañen.

Editorial de El Comercio

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