¿Lo que se esconde detrás de la vida universitaria debería asustarme? Mis padres y la gran mayoría de personas me lo han pintado siempre como algo crudo y déspota, ¿es la verdad de las cosas? Yo creo que no se equivocan del todo: las cifras del INEI confirman que el desempleo para nosotros los menores de 25 años es del 11,3%; casi el doble que el del ciudadano promedio.
Este año termino la universidad. No va a ser mi primera vez trabajando; he tenido la oportunidad de haber trabajado como guardia de seguridad 12 horas al día, operario en una refinería de petróleo, pintor y personal de atención al cliente. He equilibrado jornadas extenuantes entre mis estudios y el trabajo, forjándome un ‘callo laboral’ difícil de romper. Pero ¿esto es suficiente?
A pesar de la excelencia estudiantil que uno pueda alcanzar, en la cancha los papeles cambian. El terror de todo universitario recién egresado es el miedo a un universo competitivo donde, a menudo, los contactos pesan más que el talento. Y esto no es una simple paranoia: en Lima, un bachiller tarda entre tres y seis meses en hallar su primer empleo formal según la Sunedu. Y como cereza del pastel, solo el 30% logra trabajar en lo que estudió.
Lamentablemente, hay una cruda realidad en todo esto; el título universitario ha dejado de ser un paracaídas para convertirse apenas en un boleto de lotería en un mercado laboral completamente saturado. El verdadero reto no está en solo encontrar “un lugar”, sino evitar ser devorado por la estadística de la inadecuación laboral. Porque, al final, ese 70% que no ejerce no lo hace por falta de capacidad en absoluto, sino por un sistema que exige experiencia previa a quien recién empieza a vivir.
Somos tantos los universitarios que egresamos con ganas de comernos el mundo; la pregunta es si realmente hay sitio para nosotros. Se dice que siempre hay; sabemos que todo se da a base de esfuerzo, claro, nada es fácil en la vida. Pero se siente que ‘comerse el mundo’ va a dejar de ser una frase motivacional para volverse en un acto de supervivencia, pero en nosotros siempre estará la terquedad de impedir que el sistema termine definiendo quiénes somos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.