Lima busca sonar como Milán, o al menos así lo busca la Municipalidad Metropolitana de Lima (MML) que publicó la ordenanza 2734, con la que busca convertir a nuestra capital en un nuevo epicentro de la música sinfónica y lírica en Sudamérica, como lo son Bogotá y Buenos Aires. En esta línea, tendrán lugar conciertos con artistas de alto nivel, como Nadine Sierra e Iván Ayón-Rivas, y óperas como “La Traviata”, “Carmen” y “El niño y los sortilegios”.
Sin embargo, si aspiramos a consolidarnos como una ciudad de música clásica, es urgente mejorar el acceso del público. Una entrada para una producción organizada por la MML puede costar hasta cuatro veces más que una del Ministerio de Cultura en el Gran Teatro Nacional. Y eso que ambas instituciones promueven el arte sin fines de lucro. Si queremos formar nuevas audiencias, se necesitan políticas claras de accesibilidad: descuentos para estudiantes, adultos mayores y personas con discapacidad, así como funciones gratuitas y conciertos didácticos para niños.
Además del acceso, otro factor clave es la presencia de estos artistas internacionales invitados. Sería muy valioso organizar clases maestras o conversatorios con ellos, dirigidos a los jóvenes músicos del país. Estas iniciativas son comunes en otras ciudades del mundo y contribuyen a fortalecer los ecosistemas culturales, así como en la formación de futuros talentos nacionales.
Se suele pensar que la ópera es para unos pocos, pero en un inicio fue profundamente popular: una forma de contar historias sobre el amor, la tragedia o la esperanza, con emoción y dramatismo, y que hasta ahora tiene el poder de conmovernos y acercarnos.
Si Lima quiere ser una ciudad de música como Viena o Milán, debe serlo para todos. Y eso empieza por abrir las puertas del teatro a quienes más pueden beneficiarse de él: los estudiantes, los niños, el público nuevo. La ópera nos habla de nosotros mismos como humanidad. Es hora de que todos podamos escucharla.
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