En el Perú hemos normalizado la idea de que la política es un espacio ajeno, casi una conversación que ocurre lejos de nosotros. Sin embargo, esa distancia tiene un costo, pues cada decisión pública se toma sin nuestra mirada. Y mientras más retrocedemos, más espacio dejamos a quienes sí desean ocuparlo, no siempre con vocación de servicio.
Como universitarios, solemos creer que basta con estudiar, esforzarnos y “salir adelante”. Pero ningún proyecto personal prospera en un país que retrocede. Silenciar la política no la hace desaparecer; solo la entrega a otros.
Sin una educación que forme criterio, la ciudadanía se debilita y la desinformación avanza con facilidad. La política se convierte entonces en un escenario reducido, donde solo algunos pueden influir. No sorprende que muchas decisiones que afectan al país se tomen sin presión social suficiente.
La desinformación en redes agrava este panorama. Información fragmentada y mensajes diseñados para polarizar, distinguir lo cierto se vuelve un ejercicio de paciencia y responsabilidad. Informarse ya no es un lujo intelectual, es un deber ciudadano. Participar no siempre implica militar o marchar. A veces basta con votar con conciencia, exigir transparencia o involucrarse en los debates públicos.
La política no será perfecta, pero es el único espacio donde las cosas puedan transformarse. Nuestra generación tiene el privilegio, y la responsabilidad, de dar el primer paso. Porque, finalmente, la democracia no es un sistema distante, es uno que se sostiene según la presencia de sus ciudadanos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.