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“Lentejita y las lentejas”, por Mario Ghibellini

Una fábula de la política peruana sin moraleja.

Lentejita

(Ilustración: Mónica González).

Susana Villarán está en aprietos a raíz de la declaración del publicista brasileño Valdemir Garreta sobre los 3 millones de dólares que recibió de Odebrecht y OAS para asesorar la campaña en contra de su revocación en el 2013. Se discute ahora si la ex alcaldesa supo o participó de alguna negociación al respecto, lo que ella ha negado de plano. Pero la verdad es que, por Lentejita que fuese, esta fallida sucesora de Frejolito tendría que haber intuido el trasiego de ‘lentejas’ (en la acepción que desarrolló el dirigente antiminero Pepe Julio Gutiérrez) que le estaba facilitando una asesoría tan valiosa, y por eso sus alegatos sobre campañas de difamación suenan majaderos. No hay que perder perspectiva: gracias a los opinables méritos de su gestión municipal, la carrera política de la señora Villarán había ya naufragado antes de esto, y lo que el presente escenario plantea es apenas la interrogante de por qué ella, como tantos políticos locales, escogió para sí un destino tan poco adecuado a sus habilidades.

Desorientación vocacional

Los políticos son, en efecto, seres extraños. Empiezan la vida igual que cualquiera de nosotros, pero en algún momento algo los hace cambiar. O tal vez, más bien, mientras casi todos cambiamos, ellos no. Como se sabe, tres son las ocupaciones con las que todo niño sueña: bombero, astronauta y presidente (en el caso de las niñas, habría que sustituir quizás las dos primeras por actriz de cine y florista). Pero luego la vida se encarga de convertir a la mayoría en afiladores de cuchillos, sicólogas infantiles o cultores de algún otro oficio de igual provecho para la sociedad, y solo unos pocos insisten con su ilusión original. Y esto, que debemos agradecer en el caso de los bomberos, en el caso de los quieren ser presidentes resulta un poco inquietante y absurdo.

En honor a la verdad, el absurdo es un ingrediente constitutivo de la política. La sola idea de un sujeto que salta sobre una silla y trata de convencer a los demás de que le confíen el manejo de sus destinos porque él es la suma de las virtudes y la vocación de servicio encarnada, es profundamente absurda. Pero el, digamos, hábito electoral nos ha hecho esencialmente inmunes a lo descabellado de toda esta situación.

Un problema adicional, por otra parte, es que, mientras para ser bombero o astronauta hay que pasar por exámenes exigentes, llegar a ser presidente –o congresista o alcalde– no requiere en el Perú de ningún control de calidad, y entonces acabamos con gobernantes que ejercen el poder que les toca tal como lo habían anticipado en su fantasía infantil: construyendo conjuntos habitacionales como quien juega Lego, creyendo que pueden generar riqueza por decreto o dándose la gran vida a costa de los contribuyentes. En realidad, para la enorme mayoría de ellos, el poder es un fin en sí mismo; y los discursos ideológicos, solo elaboraciones retóricas para llegar a él.

¿Cuánto de esto vemos reflejado en la fábula de una señora que quiso ser presidenta y luego alcaldesa; y luego, en su afán de no ser removida del cargo, no detectó la danza de ‘lentejas’ que corría a su costado; y luego postuló a la reelección a pesar de que había prometido no hacerlo; y luego estuvo dispuesta a integrar una efímera plancha presidencial con una persona procesada por el crimen de un periodista a pesar de haber sido una defensora de los derechos humanos; y luego termina así? Ustedes dirán, pero lo que es claro es que hasta ahora no tiene moraleja.

Esta columna fue publicada el 25 de noviembre del 2017 en la revista Somos.

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