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¿Qué significa ser un 'cazavolcán' en el Perú? Esta es la historia de uno de ellos

Pablo Masías es uno de los 20 vulcanólogos con que cuenta nuestro país. La misión principal de un 'cazavolcán' no es solo el estudio de los 17 volcanes activos que hay, sino sobre todo salvar vidas

Mientras las personas huyen cuando hay una erupción, ellos corren hacia el volcán para tomar muestras y datos. Se trata de los vulcanólogos, profesionales que suman 20 en nuestro país, en una población de más de 32 millones de personas. 

Muy pocos saben que detrás de los 17 volcanes activos y potencialmente activos que hay en el Perú existe un equipo que los estudia minuciosamente. Por ello, uno sus miembros conversó con El Comercio para explicar en qué consiste la misión principal de un 'cazavolcán', que va más allá del estudio de estos macizos. Es, sobre todo, anunciar la llegada de una erupción para poder salvar vidas.

Se trata de Pablo Masías Álvarez, licenciado en Química por la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), arequipeño de 42 años y con un posgrado en vulcanología. Desde hace 12 años, Pablo trabaja en el Observatorio Vulcanológico del Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (Ingemmet), donde es el encargado del monitoreo geoquímico de gases y fuentes termales de los volcanes.

-Acercamiento a los volcanes-

Pablo empezó su carrera de vulcanólogo en el año 2006, cuando al otro lado del mundo, en Filipinas, erupcionaba El Mayón obligando la evacuación de unas 30.000 personas. La mayoría de sus compañeros terminaron en empresas mineras y unos cuantos en industrias. Masías, al contrario, se dedicó a recorrer volcanes.

La primera vez que subió al Misti tenía 8 años y fue gracias a su padre, un guía de alta montaña que le despertó el interés por los macizos desde temprana edad. Recuerda que en 1990 fueron al Sabancaya para ver las explosiones y acamparon varios días. "Fue impresionante", contó. En el Perú solo hay dos vulcanológos-químicos y Masías es uno de ellos.

Pablo es consciente de la responsabilidad que recae sobre él. Su familia, la gente que ama y su tierra están en medio de volcanes y por eso se especializa con los mejores.

Como miembro de la Asociación Internacional de Vulcanología ha recorrido los macizos más activos y peligrosos del mundo. Ha escalado los volcanes de Hawái, Estados Unidos, Costa Rica, México, Ecuador, Chile, Bolivia, Argentina, entre otros. Conoce todos los volcanes activos y potencialmente activos del país (14 estratovolcanes y tres campos monogenéticos), y aunque ha subido más de 200 veces el Misti, siempre encuentra algo nuevo.

-Trabajo constante-

Cada mes, un equipo de Observatorio Vulcanológico sale a campo a supervisar un volcán. Este grupo de 'cazavolcanes' debe estar integrado por cuatro profesionales como mínimo. Los sismólogos, geodestas, químicos, geólogos, entre otros se preparan para un viaje que – dependiendo del volcán- pueden durar de cinco a 12 días.

En la visita de campo los especialistas recogen información de los sistemas de monitoreo instalados en la zona. Revisan los equipos, reemplazan o instalan nuevos. Masías toma las muestras de las aguas termales y las cenizas, mide temperaturas de las fumarolas, de los gases y de otros componentes.

Su trabajo le exige estar pensando siempre en volcanes. Apenas acababa de llegar del Sabancaya cuando, mientras descargaba la información a su sistema y comentaba que el comportamiento de este volcán se había intensificado en los últimos días, ya estaba pensado en su próxima visita: el Misti.

-El periplo de un vulcanólogo-

Pablo Masías, el 'cazavolcanes' del sur, ha escalado macizos en plena lluvia, a cielo despejado bajo el intenso sol, en medio nevadas y con vientos.

Tiene seis pares de botas de montañas, todas distintas que las usa de acuerdo a las condiciones climáticas. Además, cuenta con un traje resistente a los ácidos, una máscara para gases que le cubre hasta los ojos y un casco que contiene golpes de rocas. "Es más probable que uno se rompa el cuello a que el casco se quiebre", sostiene. Finalmente, puede cargar hasta 20 kilos de peso entre equipos de trabajo, herramientas para acampar y alimentos.

Cuando sube al Misti, Pablo ya tiene un cronograma establecido. Por ejemplo, tiene que estar a las 11 de la mañana en la estación de Pampa de Chiguata. De ahí camina con sus compañeros cuesta arriba hasta las 5 de la tarde. Acampan y descansan hasta las 12 de la noche y retoman la caminata a la 1 de la madrugada. La llegada al cráter puede ocurrir a las 6 de la mañana. "Tenemos que estar en la cima para cuando salga el sol, si no nos congelamos", dice. Cuando llega a la cima, descansan unos cinco minutos para volver a retomar su trabajo.

Debido a que en el Misti hay cinco estaciones de temperatura alrededor y dentro del cráter, el vulcanólogo chequea los termómetros y mide los gases. Camina alrededor del cráter -que es de un kilómetro- para tomar muestras y durante esto se somete a temperaturas extremas: mientras que el ambiente está a -8°C, los vapores de agua que expulsa el Misti pueden marcar 250°C.

Cuando el trabajo le toma todo el día, Pablo debe dormir en la cima y, al día siguiente, descender del volcán con la información actualizada. 

Pablo sabe que su familia se preocupa cada vez que va a un volcán, por eso cuando sube a uno no lo hace solo, pues lleva en el pensamiento a sus hijos. 

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