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Qué sacar de las revelaciones de Brasil, por José Carlos Requena

La triste historia que estamos presenciando debería servir para valorar el dañino legado de la corrupción y la necesaria labor de enfrentarla y limitarla

Odebrecht

La fiscalía y la procuraduría suscribieron el viernes pasado el acuerdo de beneficios y colaboración con la empresa brasileña Odebrecht. (Foto: AFP)

Tras un largo camino, que involucró diversos escollos y críticas de distinta naturaleza, el pasado viernes 15 se firmó el acuerdo entre el Estado Peruano y la empresa Odebrecht. Aunque limitado en su origen a cuatro grandes proyectos, se espera que el acuerdo dé espacio a colaboraciones futuras.

Desde ayer se iniciaron los interrogatorios. El primer protagonista ha sido un recurrente personaje de estas lides: el ex presidente Alan García, a quien –según el procurador Jorge Ramírez– los primeros testimonios le atribuyen la celebración de contratos simulados por conferencias, algo negado por la defensa de García.

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Seguramente las revelaciones posteriores involucrarán a personajes que han estado ya en el ojo de la tormenta: los ex presidentes Alejandro Toledo, Ollanta Humala o Pedro Pablo Kuczynski; las ex candidatas presidenciales Keiko Fujimori o Lourdes Flores; la ex alcaldesa Susana Villarán; junto a un elenco de nombres menos conocidos de autoridades subnacionales o altos funcionarios de menor figuración.

Así, los testimonios podrían terminar siendo la contundente, aunque simple, confirmación de sospechas de diversa envergadura: una lluvia sobre mojado. La presunción de culpabilidad en todo su esplendor.

Lo realmente novedoso sería algo que involucre a recién estrenados personajes, entre funcionarios de distintos niveles, autoridades elegidas o hasta árbitros que podrían haberse coludido para materializar cuantiosos contratos.

Para ello se tendrá que trascender la indagación centrada en pocos personajes y porfiar por una revelación que alcance realmente la verdad, por dolorosa que sea. Dejar por un momento la agenda que busca hacer creer que existe una suerte de oligopolio de la corrupción, cuando lo que hubo en los últimos años en el Perú fue un mercado casi perfecto de sobornos y cutras.

Si realmente se quiere sacar un aprendizaje de estas horas aciagas, las acusaciones sobre corrupción deben indagarse independientemente de su eventual impacto político o procedencia. En el pasado reciente, se ha querido pasar por alto acusaciones de diverso origen, con el reparo que significaba prestar atención a dichos de uno u otro actor político, valorando –sobre todo– el eventual impacto que ello podría tener en quienes detentan hoy el poder. En muchos casos, se ha preferido mirar al techo o responder formulando matices que bien podrían resumirse, parafraseando dichos célebres, en enunciados como “nosotros robamos menos” o “para mis amigos, todo; para mis enemigos, lavado de activos”.

La triste historia que estamos presenciando debería servir para valorar el dañino legado de la corrupción y la necesaria labor de enfrentarla y limitarla. Como decía Alfonso Quiroz en su imprescindible “Historia de la corrupción en el Perú”: “Lo que marca una gran diferencia para lograr el cambio que genera desarrollo es la comprensión colectiva de cómo y por qué es que la corrupción importa, y por qué es necesario no cesar en el afán de ponerle límites” (IEP-IDL, 2013).

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