
Si los nazis no hubiesen llegado a América del Sur con la finalidad de realizar un cableado telefónico que les permitiese conquistar esta parte del mundo, jamás se habría realizado la Copa del Mundo 1942 en la Patagonia argentina. Ellos, provistos con un supuesto balón de válvula automática fabricado en Hamburgo, desafiaron a italianos antifascistas, ingleses del ferrocarril, veteranos de guerra guaraníes, obreros polacos, almaceneros españoles, intelectuales franceses reforzados por chilenos y un combinado de mapuches y argentinos. Algunos eran hombres que ignoraban cómo patear una pelota y, en ciertos casos, potenciales futbolistas que nunca habían visto un partido, y como casi nadie se acordaba de las medidas oficiales de nada, se construyeron arcos de diez metros de largo por dos de alto. Las sedes se dividieron entre espacios al costado de ríos y prostíbulos, y los jueces, cuyo trabajo era ver que los jugadores no cogiesen la pelota con las manos ni que pateasen las cabezas de sus rivales caídos, eran uno que decía ser el hijo de Butch Cassidy y otro, un tal Casimiro, tío de un narrador de cuentos.
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La historia que contó Osvaldo Soriano a todo el mundo en 1993 fue publicada en un libro llamado “Cuentos de los años felices”. Soriano había pasado décadas como narrador y futbolista aficionado, viajando de niño por la Argentina y saltando de San Luis a Río Cuarto o a Tandil para acompañar a su papá que trabajaba como inspector de obras sanitarias.
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Entonces, cuando cumplió los cincuenta, el secreto se tenía que divulgar, nadie podía estar más tiempo sin conocer qué pasó en 1942 y había que hacerle justicia a la historia pues aquí no había sido escrita ni por los ganadores. Los mapuches, indios patagónicos que sabían muy poco que al otro lado del mundo las tropas alemanas cruzaban el Volga para atacar los pozos de petróleo soviéticos al sur del Cáucaso o que la marina estadounidense derrotaba a los japoneses en Midway, le ganaron a todo el mundo o al menos a todo el mundo que estaba allí.
En la Patagonia, el tipo que decía ser el hijo de Butch Cassidy, William, no tenía silbato así que arbitraba los partidos con revólver en mano. Soriano contaba que para la semifinal, por ejemplo, los alemanes se presentaron en el campo con cascos en las cabezas y alfileres en las manos. El partido era contra los italianos antifascistas, así que había que estar atento. En una jugada donde un defensor lombardo fue a luchar contra un teutón, este último le metió un alfiler invisible en el cuello, ante lo que el defensor protestó frente a Cassidy. Como el reclamo fue airado, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó. Los alemanes ganaron el partido y, según Soriano, se fueron de putas porque “ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda”. “Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia.”
En esa final, unas mujeres con el torso desnudo y la piel pintada, responsables de hacer caer la lluvia y el granizo, ayudaron al equipo. Una de ellas, la más gorda, fue la que empujó el balón para que el delantero sudamericano la metiera en el arco. Claro, todo esto después de que en aquel desierto sonase el teléfono gracias a los trabajos nazis. Como no podía ser de otra manera, era el mismísimo Fuhrer al otro lado del auricular, dando un discurso de aliento para sus connacionales. Ante la distracción, tras el pase de la mujer desnuda, llegó el gol. Así, los mapuches se convirtieron en campeones del mundo y sucedieron a Italia. Dicen también que ante su regreso los alemanes le contaron a Htler que ellos habían ganado, pero él nunca lo creyó del todo.
Más allá del relato mitológico
Cuando Soriano publicó “El hijo de Butch Cassid”y, la fábula alcanzó el rótulo de leyenda. Si bien, tras leer el cuento, se infiere que la imaginación del escritor rioplatense es más que fértil, el boca a boca de un mundial apócrifo disputado en tiempos de guerra fue muy fuerte. Por ejemplo, años más tarde, el periodista español Carlos Marañón ensayaría una respuesta ante la mencionada ucronía:”Hubiese sido un choque de trenes entre el fútbol alegre y ofensivo de la escuela sudamericana y el juego más físico y directo de la mayoría de selecciones europeas”. Oriol Rodríguez, director de la revista catalana Offside, también expondría su hipótesis: “Lo hubiese ganado Uruguay, que derrotó a Brasil en Maracaná en 1950 y aún hubiese sido más competitivo ocho años antes”.
Consultado sobre cómo la mitología y la realidad se han logrado fundir de manera eficiente, el historiador argentino Gabriel Acevedó le contó al periodista Federico Koniszczer que “la realización de un Mundial en guerra no me llama la atención porque muchos se hicieron durante conflictos bélicos. El Mundial de Francia 1938 tuvo como escenario bélico la guerra civil española y la guerra sino-japonesa; el de Brasil 1950 comenzó el mismo día que la guerra de Corea; los de Inglaterra 1966, México 1970 y Alemania 1974, fueron paralelos a la guerra de Vietnam; en España 1982, la selección argentina participó días después del conflicto en Islas Malvinas; en México 1986, el mundo se conmovió por la guerra Irán-Irak; y en Estados Unidos 1994 se dio la reestructuración de Europa del Este y la disolución de la URSS, generando conflictos bélicos en los países que los conformaban. Es decir, casi el 50% de los Mundiales se desarrollaron paralelamente con guerras”.
En 2011, los documentalistas italianos Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni estrenaron El Mundial dimentecato, película en la que los cineastas trabajaron paseándose por el sur argentino con el fin de desmontar (¿O confirmar?) el mito.
“Según Il mundial dimenticato, hubo hasta un cámara que creó aparatos especiales para rodar una película con la voluntad de espectáculo de Olimpiada. Toda la fiesta, pagada por un mecenas de origen balcánico, Vladimir Otz.”
Así, tras años de fabulaciones, se supo esa verdad que muchos hubiesen preferido ver como la historia de realismo mágico que le faltaba al fútbol por esta parte del mundo, una en la que Osvaldo Soriano reventó, a ficción limpia, al mismísimo Adolfo Hitler y lo hizo responsable de otra derrota alemana.
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