De las bombas en Lima a un Emmy en EE.UU.: la historia de Juan Carlos Masías, camarógrafo que forjó su carrera entre riesgos y perseverancia
Hablamos con el camarógrafo peruano que en el 2023 ganó un Emmy. Recuerda sus inicios en los años del terrorismo, su paso por “90 Segundos”, su etapa televisiva en Estados Unidos y la vida que hoy construye entre su productora, su familia y la pasión por contar historias.
Juan Carlos Masías obtuvo un Premio Emmy por un reportaje sobre tráfico infantil en el programa "Acceso total" en Telemundo. (Foto: Mario Zapata)
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Juan Carlos Masías obtuvo un Premio Emmy por un reportaje sobre tráfico infantil en el programa "Acceso total" en Telemundo. (Foto: Mario Zapata)
/ Mario Zapata N.
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En la Lima de los años 90, marcada por el terrorismo y los coches bomba, Juan Carlos Masías descubrió su fascinación por las cámaras mirando cómo la prensa llegaba a registrar el caos frente a su casa en la avenida Brasil. Esa vocación temprana lo llevó de mensajero a camarógrafo de un noticiero, y más tarde a abrirse camino en Estados Unidos. En el 2023, tras años de trabajo y constancia, ganó un Emmy, símbolo de una carrera forjada a pulso desde calles limeñas.
En la Lima de los años 90, marcada por el terrorismo y los coches bomba, Juan Carlos Masías descubrió su fascinación por las cámaras mirando cómo la prensa llegaba a registrar el caos frente a su casa en la avenida Brasil. Esa vocación temprana lo llevó de mensajero a camarógrafo de un noticiero, y más tarde a abrirse camino en Estados Unidos. En el 2023, tras años de trabajo y constancia, ganó un Emmy, símbolo de una carrera forjada a pulso desde calles limeñas.
“Desde chico siempre quise trabajar en televisión, sobre todo en noticieros. Vivía frente al hospital de Policía, en plena avenida Brasil, y era un punto estratégico en los años del terrorismo: dejaban dinamitas, llegaba la UDEX y también la prensa. Yo me asomaba por la ventana y pensaba que algún día quería estar ahí, como los periodistas que veía. Cuando entré a Canal 2 como mensajero en ‘90 Segundos’, me dieron una moto”, recuerda Masías.
Pero poco después, aquella moto sería cambiada por una de las que los Winter habían traído para el uso de los agentes del SIM (Servicio de Inteligencia del Ministerio del Interior). En los años 90, a esas motocicletas se les asociaba con operaciones encubiertas, persecuciones y labores de vigilancia.
El problema estalló cuando Baruch Ivcher recuperó el canal. Masías llegó en la moto del SIM y de inmediato los periodistas lo rodearon. “Al día siguiente aparecí en los diarios como si fuera agente. Fue terrible: presenté una carta aclaratoria y otra de renuncia. Hasta mis amigos me dejaron de hablar, me miraban como si realmente lo fuera”, cuenta.
Pero Iván García, entonces director de prensa, rompió su carta de dimisión y lo nombró camarógrafo. Desde ese momento, su carrera tomó un rumbo decisivo.
Convertido al fin en camarógrafo, Masías se enfrentó a una realidad dura y, muchas veces, peligrosa. Cubrió juicios, marchas y enfrentamientos en las calles. Su estilo era arriesgado: mientras otros preferían mantener distancia durante las protestas, él se acercaba para capturar los sonidos.
“Los camarógrafos antiguos me decían: ‘La cámara tiene zoom, no te metas’. Pero yo siempre quería estar dentro, captar los ruidos, los gritos, el ambiente real. Por eso tengo cicatrices en la cabeza, de piedras y cosas que me han caído en plena cobertura”, refiere.
Uno de los momentos más difíciles de su carrera ocurrió en el Congreso, cuando la policía reprimió a la prensa en medio de un incidente con Mauricio Diez Canseco, empresario y ex presidente del PRONAA.
“El comandante Stein pidió que saquen a la prensa, pero ese ‘saquen’ significó ‘péguenles’. A mí me rompieron la cabeza. Terminé en el hospital, me vendaron y seguí trabajando, hasta que una semana después me desmayé haciendo compras y desperté dentro de una máquina de resonancia: tenía un edema cerebral. De pronto todos los medios querían entrevistarme, pero a mí nunca me gustó estar frente a la cámara. Yo solo quería estar detrás de ella”, rememora.
Juan Carlos Masías obtuvo un Premio Emmy por un reportaje sobre tráfico infantil en el programa "Acceso total" en Telemundo. (Foto: Mario Zapata)
/ Mario Zapata N.
Ese episodio lo convirtió en símbolo de la prensa maltratada en el Perú. Al mismo tiempo, consolidó su vocación: seguir contando lo que ocurría, aun a riesgo de su propia seguridad.
Nuevo comienzo
En el mejor momento de su carrera, cuando su nombre ya era reconocido en el medio y su trabajo respetado, Masías decidió dejarlo todo y empezar de cero.
“Renuncié y me fui a Nueva York a hacer mudanzas. Quería otro rumbo, aunque significara cargar cajas en vez de cargar una cámara”, confiesa. Con el dinero que juntó se compró lo básico para vivir, pero no pasó mucho tiempo antes de que la televisión volviera a tocarle la puerta.
Un amigo lo llamó desde Los Ángeles y le propuso trabajar en un canal hispano. Aceptó. “Entré como camarógrafo en un programa local, y de ahí me fueron mandando a otros shows. Llegué a trabajar en más de 150, desde ‘Caso Cerrado’ hasta con Don Francisco. No era fácil, pero yo nunca tuve miedo de empezar desde abajo. Allá se maneja el carro, se carga el equipo, se hace de todo. Y yo lo hice todo”.
Juan Carlos Masías durante una cobertura en Estados Unidos. (Foto: Archivo personal)
La perseverancia lo llevó a Telemundo Los Ángeles, donde encontró estabilidad y una nueva vitrina profesional. “En ‘Acceso Total’ hacía notas de espectáculos, cocina, historias humanas… después me compré mis propios equipos y empecé como freelance autorizado. Poco a poco fui creciendo”, asiente.
Juan Carlos Masías durante una cobertura en Estados Unidos. (Foto: Archivo personal)
Éxito reconocido
Masías fue nominado tres veces al Emmy antes de ganarlo en el 2023, justo cuando había decidido quedarse en el Perú e iniciar un negocio propio. “Yo ya no pensaba en el premio. Para mí, haber estado nominado tantas veces ya era suficiente”, confiesa.
El galardón llegó por un reportaje sobre tráfico infantil. “Era un tema tan duro que te hace llorar. Creo que llegó porque no se podía quedar en silencio”, afirma.
Hoy, a sus 50 años, combina su productora audiovisual ABC con un negocio de lavandería industrial y disfruta de su nueva etapa como abuelo.
“Vine a Estados Unidos para que mis hijos estudiaran, y lo logré. Ahora quiero vivir tranquilo en Perú, enseñar lo que sé y seguir trabajando, sin que piensen que soy caro por haber trabajado 20 años en Estados Unidos o tener un Emmy. Y si hay trabajo para jalar cables, que también me llamen. Si tengo que comenzar de nuevo para que la gente me conozca, lo haré”, remarca.