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El calendario marcaba el 23 de agosto de 1971, una fecha grabada en la memoria de los lectores de El Comercio, quienes presenciaron la apertura de una fascinante ventana al mundo. Aquel lunes, la renovada página de “Amenidades” emergió como un soplo de aire fresco y perspicaz que se coló en cada hogar peruano. No fue un estruendo, sino el delicado pero firme trazo de Joaquín Salvador Lavado, el inmortal Quino, quien traía consigo a Mafalda, la niña eterna que llegaba para cuestionar el statu quo con una sonrisa. Así se gestó, hace 54 años, el primer contacto del diario con el fenómeno Mafalda, siete años después de que su genial creador le diera vida.
Mafalda no era una tira cómica más; era una declaración de principios en viñetas. Su humor, siempre mordaz y sarcástico, se disfrazaba de inocencia infantil para desnudar las verdades más incómodas de la sociedad y la política mundial. Así lo concibió el conocido Quino.
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Su estreno mundial como tira cómica había sido el 29 de setiembre de 1964 en la revista argentina "Primera Plana“. Ese día se publicaron dos tiras de Mafalda, creación entera de Joaquín Salvador Lavado, quien le dio a la pequeña inquisidora una aguda capacidad para hacer preguntas incisivas.
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Asimismo, Mafalda poseía casi desde el inicio una sorprendente ironía y, al mismo tiempo, un poderoso idealismo incorruptible. La pequeña filósofa argentina se ganó, desde el primer trazo, un lugar de honor en la conciencia colectiva.

De esta forma, la viñeta inaugural de Mafalda en El Comercio fue, a su manera, una profecía de su impacto. En ella, la niña con zapatos de colegio se presentaba ante un mundo que pugnaba por conectarse, por comunicarse y verse reflejado en la pantalla de un televisor.
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Esa primera tira para el diario –con su brevedad y perspicacia— narraba la imperiosa necesidad de poseer aquel aparato electrónico para abrirse al mundo real, y sugería que negarse a tenerlo era simplemente... una necedad mayúscula.

EL INGENIOSO HUMOR DEL MUNDO MAFALDA
Pronto, el universo de Mafalda en el diario Decano se expandiría a otras figuras conocidas más allá de su pequeña protagonista, sumando a un elenco de personajes que se volverían tan entrañables como ella.
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Ahí estaban Felipe, el soñador y eterno procrastinador; Susanita, la burguesa aspiracional; Manolito, el capitalista en ciernes, y el pequeño Guille, hermano de Mafalda, que con su espontaneidad completaba un cuadro familiar inolvidable.
Pero la novedosa sección de "Amenidades" del diario, durante ese invierno de 1971, no se limitaba solo a la genialidad de Quino. Aquel 23 de agosto, otros trazos se unieron a la aventura de arrancar sonrisas y reflexiones.

En esa página, como invitado ajeno al humor, apareció una columna publicada en serie en torno a la “trágica vida de Tchaikovsky”, el gran músico ruso del siglo XIX; pero lo demás era pura diversión y buen humor.
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Por ejemplo, "Perkins“, la obra surrealista del talentoso londinense John Miles, ofrecía una dosis de humor que desafiaba lo convencional y exploraba los límites de la imaginación. Y no solo eso: los lectores también encontraron "Los Náufragos“, con sus singulares personajes Alf y Sandy, quienes aportaban una chispa de humor "fino y picaresco“, según el diario.
Completando la nueva propuesta de la sección “Amenidades”, se sumaron las aventuras de "James Bond" y las ocurrencias de "Pancho Tronera" (Popeye ya estaba), enriqueciendo así la oferta de esparcimiento cotidiano para asiduos lectores de El Comercio.

HUELLA DE MAFALDA EN EL DECANO DE LA PRENSA PERUANA
Quino se manifestó a través de Mafalda como pocos artistas habían logrado hacerlo. Trascendía el mero dibujo para convertirse en un ícono de la cultura popular, una voz que, a través de una niña, interpelaba a grandes y chicos por igual.
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Tanta fue su popularidad en los años 70 que la marca BASA elaboró para la Navidad de 1976, muñecas Mafalda que se vendieron en Super Epsa. Y es que su fama se consolidó al tocar fibras sensibles con su crítica social, su amor por la paz y su eterna desconfianza hacia la sopa.
En los hogares peruanos, Mafalda resonó de una manera particular: en una época de cambios culturales y efervescencia social, sus diálogos y gestos se convirtieron en un espejo de lo que mucha gente pensaba o vivía, y a veces podía sentírsele como una voz que se convertía continuamente en un “grito silencioso” que muchos compartían y festejaban.

Mafalda no solo entretenía; también educaba, provocaba y, sobre todo, invitaba a pensar más allá de las primeras planas del periódico. Su debut en El Comercio no fue solo el inicio de una tira cómica; fue el arribo de un fenómeno cultural que dejó una huella imborrable.
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Esa pequeña tira cómica nos enseñó desde 1971 que el humor y la inteligencia podían ser las armas más potentes para comprender, y tal vez, para intentar cambiar un poco aquel enrevesado mundo que nos había tocado vivir.
De esta forma, cada entrega de Mafalda se convirtió en un pequeño ritual, un encuentro cotidiano con la lucidez y la esperanza. Un recuerdo indeleble de cómo un simple dibujo podía decir tanto, y de cómo se forjó una conexión entrañable entre un artista, su personaje y los miles de lectores de un diario.











