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Foto del autor: Soledad

Cuando el pan con chicharrón se encuentra con el vino peruano

Cuando el pan con chicharrón se encuentra con el vino peruano

Es el sánguche favorito del desayuno peruano: buenos trozos de chicharrón dentro de pan francés crocante, con generosas láminas de camote frito, zarza de cebolla roja con el toque preciso de rocoto picadito, contundente y sabroso, al costado, un buen café pasado “a la antigua”. Imposible resistirse.

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Pero ¿qué pasa si este poderoso sánguche se nos antoja a la hora del almuerzo, del lonche o incluso de la cena? ¿Por qué encasillarlo solo en la mañana? Y, mejor aún, ¿qué tal acompañarlo con una copa de vino?

Con esa idea conversamos con Vanessa Yong de El Chinito para organizar un encuentro de maridaje con su clásico y famoso pan con chicharrón y dos vinos peruanos: un blanco y un rosé. La respuesta fue “manos a la obra”. Así empezamos a darle forma junto con Verónica, Luisma y Carlos.

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El jueves pasado nos reunimos 25 personas en el local de El Chinito de la calle Ayacucho, en Surco, y lo que ocurrió —en palabras de los propios asistentes— fue “mágico”. Nos dio las diez de la noche entre sánguches, copas de vino y botellas de Socosani con gas, en una sobremesa larga y feliz donde nadie habló de pesadez, sino de lo livianos que nos sentíamos luego de comer tan rico y abundante. En realidad la magia se da por la interacción del vino y el agua mineral que facilitan una buena digestión, y eso fue lo que sucedió.

La experiencia comenzó con algo fundamental y muchas veces olvidado: el rol del agua mineral en la mesa. En este caso, las burbujas y los minerales de Socosani aportaron frescura, dinamismo y ese respiro necesario entre bocado y sorbo de vino que permite seguir disfrutando.

Luego pasamos a la cata de los vinos de la línea Patrimonial de Intipalka: el blanco de Italia y el rosé de Quebranta, dos estilos distintos pero con un mismo sello de identidad peruana y perfil refrescante.

Llegó entonces el momento de la verdad: el encuentro con el sánguche. Probamos el maridaje en dos versiones, una con zarza de cebolla y otra sin ella, y las preferencias se dividieron. Algunos se inclinaron por el blanco de Italia, con sus notas cítricas, frescas y delicadamente florales; otros encontraron en el rosé de Quebranta —de fruta roja como frambuesa, manzana roja y mayor cuerpo— el compañero ideal para el chicharrón.

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La conclusión fue tan simple como reveladora: el gusto personal tiene un peso decisivo en el maridaje. Los sommeliers orientamos, damos contexto, elementos y herramientas, pero es el comensal quien tiene la última palabra.

Y ese era, en el fondo, el doble propósito de este encuentro: disfrutar de manera relajada, alegre y compartida, y confirmar que el vino peruano también puede sentarse, feliz y sin solemnidades, frente a uno de los sánguches más queridos de nuestra gran cocina.

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