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Foto del autor: Rodrigo Bedoya

Rodrigo Bedoya

"Máncora": el paraíso desaprovechado

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“Máncora “es una película de factura técnicamente irreprochable. Se nota que Ricardo de Montreuil, el director, ha querido apostar por una estética cuidada, estilizada, buscando darle a la película cierto tono cool y sensual que vaya con el ambiente juvenil y conflictuado que retrata. Bastante de eso había en su película anterior, “La mujer de mi hermano”, donde la estética cuidada buscaba darle un aire más bien sensual y distante a la relación que se establecía entre una mujer y el hermano de su esposo.

Pero lo cierto es que para crear un ambiente sensual hay que hacer bastante más que tener una bonita fotografía. Y eso es algo que Montreuil parece no entender.
“Máncora” narra la historia de Santiago, un joven que, tras el suicidio de su padre, decide escaparse hacia el lugar que tiene como nombre la película, donde vivirá distintas experiencias emocionales. En la aventura lo acompañarán su media hermana y el marido de ésta, un cubano americano.

“Máncora” quiere ser una apuesta cool y sexy. Quiere aprovechar el imaginario del lugar donde se desarrolla la acción para mostrarnos un mundo pulsional, donde las relaciones que se establecen entre los protagonistas son regidas por las pasiones y por los impulsos. Todo esto, en teoría, puede sonar bastante interesante.

¿Por qué el film es tan fallido entonces? Porque el director nunca consigue generar un solo momento en el cual esas pulsiones se sientan. Todas las situaciones y los personajes responden a la mera ilustración de una anécdota o de un arquetipo simbólico, sin que el director sea capaz de generar tensión o sensualidad a partir de ellos. Cada momento aparece como la ilustración de una anécdota puntual, pero sin el desarrollo necesario que permita sentir la sensualidad o las tensiones que las mismas situaciones señalan. Cada uno de los problemas de los personajes aparece definido a partir de lo que ellos mismos declaman, pero nunca sentimos que esos conflictos estén expresados a partir de la puesta en escena. Es así que cada momento se va acumulando sin que haya una progresión que nos haga interesarnos por lo que ocurre en pantalla.

El film, a su vez, trabaja a partir de un imaginario muy peruano: el mismo lugar al que el film se refiere, o el trip de ayahuasca que hacen los personajes hacia el final. Ese momento es un claro ejemplo de todo lo que está mal en el film: vemos varios elementos que representan cierto imaginario de la ayahuasca, con un brujo que de tan estereotipado resulta hasta gracioso. Y claro, la ayahuasca sirve para que los personajes se recriminen sus actos. No existe una progresión que haga que se desemboque a esa secuencia: resulta una ilustración más de las tantas situaciones que la película acumula pero que no generan ningún tipo de progresión. La escena, de esta forma, queda casi como una estampita, como una anécdota de “lo que se hace en el Perú” pero que no desemboca en nada.

“Máncora” es una acumulación de situaciones en busca de un director que las aproveche en vez de simplemente exponerlas. Ricardo de Montreuil no lo entendió.