Hay algo interesante en hablar del Perú a miles de kilómetros de Lima. La distancia parece cambiar la perspectiva. Los problemas no desaparecen, pero dejan de ocupar todo el espacio. Y las fortalezas que a veces perdemos de vista en medio del ruido político y la coyuntura cotidiana vuelven a hacerse evidentes.
La semana pasada participé en Nueva York en una nueva edición de inPerú, un espacio que reúne al sector público, sector privado e inversionistas internacionales. Más allá de las presentaciones y reuniones, lo verdaderamente valioso fue la oportunidad de conversar sobre el país desde distintas perspectivas, pero con un objetivo compartido: impulsar su desarrollo.
El Perú tiene mucho que mostrar. Una economía que ha demostrado resiliencia frente a sucesivas crisis políticas, fundamentos macroeconómicos sólidos, un sistema financiero robusto y sectores productivos con enorme potencial. Son fortalezas que debemos preservar y aprovechar. Sin embargo, quizás lo más interesante de estos encuentros no sea solamente cómo nos miran los inversionistas extranjeros, sino cómo nos miramos nosotros mismos cuando compartimos una misma mesa.
En el Perú, el debate entre el sector público y el privado suele estar marcado por las diferencias, la desconfianza y las urgencias del momento. Pero cuando la conversación se traslada a un escenario internacional, aparece con mayor claridad algo que debería resultar evidente: tenemos muchos más intereses comunes de los que pensamos.
Un Perú que crece, genera empleo de calidad y abre oportunidades es una meta compartida a la que contribuimos desde nuestras distintas responsabilidades.
El sector público debe generar condiciones de estabilidad, predictibilidad y eficiencia, además de una visión a largo plazo. El sector privado debe asumir riesgos, invertir, innovar y generar valor. Ninguno puede hacerlo solo.
Pero las coincidencias no bastan. Y las buenas conversaciones, por valiosas que sean, no transforman por sí mismas la realidad. El verdadero desafío comienza cuando regresamos al Perú. ¿Cómo convertimos ese diálogo en resultados? ¿Cómo pasamos de compartir diagnósticos a construir soluciones?
Podríamos empezar por identificar unas pocas prioridades concretas, establecer compromisos entre los distintos actores, asignar responsables y darles seguimiento. Destrabar proyectos de inversión, acelerar infraestructura o reducir barreras burocráticas serían buenos puntos de partida.
Y quizás podríamos ir un paso más allá: que cada edición de inPerú sea también una oportunidad para revisar los compromisos asumidos en la anterior. Qué avanzó, qué quedó pendiente y qué debemos hacer diferente.
“Lo que se mide se consigue” es algo que aprendí en mis clases de administración en la Universidad de Lima hace algunos años. Quizás sea momento de aplicar esta frase a nuestros esfuerzos por promover al Perú. Que cada edición de inPerú nos permita revisar las oportunidades identificadas y los compromisos cumplidos, así como los resultados alcanzados. Que las conversaciones de Nueva York no terminen en Nueva York. Que regresen al Perú convertidas en decisiones, compromisos y resultados.