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El relevo que el agro sigue esperando
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Poco a poco, y casi sin que lo notemos, el mercado laboral peruano está envejeciendo. Según cifras del INEI, en 2004 la edad promedio de los trabajadores era de 36 años y apenas el 12% tenía más de 55. Hoy, más del 18% de la fuerza laboral supera esa edad y el promedio ha subido a 40,5 años. Detrás de estas cifras se esconde un cambio estructural serio, con consecuencias económicas y sociales que recién empezamos a dimensionar.
El envejecimiento es aún más evidente en el sector agropecuario. En 2004, solo el 18% de los trabajadores del campo tenía más de 55 años; para 2024; esa cifra llegó al 26%. En otras palabras, uno de cada cuatro agricultores peruanos pertenece a ese grupo etario. En sectores como el comercio o la manufactura, el incremento ha sido menor, lo que evidencia una presión demográfica particular sobre el agro, donde el relevo generacional se ha ralentizado.
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Este fenómeno no es exclusivo del Perú. De acuerdo con un reciente estudio de la OCDE, esta tendencia responde a un conjunto de factores que también se observan en otros países. Las ocupaciones agrícolas suelen estar asociadas con ingresos bajos, condiciones de trabajo difíciles y menor acceso a protección social, lo que las hace menos atractivas para las nuevas generaciones de jóvenes. A ello se suma una percepción social - muchas veces injusta- que asocia el trabajo en el campo con atraso, frente a otras ocupaciones más dinámicas y tecnológicamente más avanzadas en las zonas urbanas.
Ignorar esta tendencia sería subestimar uno de los tantos desafíos que enfrenta la agricultura. La falta de jóvenes en el campo podría comprometer su sostenibilidad y competitividad. La agricultura familiar —que representa el 95,4% de las unidades agropecuarias del país y abastece la mayor parte de los alimentos que consumimos, de acuerdo con Videnza Instituto— depende de una generación que envejece rápidamente. Si no se actúa a tiempo, podríamos enfrentar menor productividad, reducción del área cultivada y creciente inseguridad alimentaria. Además, comunidades rurales envejecidas implican menor dinamismo económico, disminución de la población y pérdida de conocimientos técnicos y culturales.
Frente a este panorama, se necesitan políticas públicas claras y sostenidas para rejuvenecer el agro. Ello pasa por invertir infraestructura básica -caminos en buen estado, sistemas de riego y servicios agrarios descentralizados que brinden asistencia técnica-. También, resulta fundamental fortalecer la educación técnica y promover la innovación local, para que los jóvenes encuentren en la agricultura una actividad rentable, moderna y sostenible.
Ninguna estrategia será duradera si no incorpora la dimensión ambiental. La agricultura familiar es altamente vulnerable al cambio climático, por lo que resulta urgente impulsar políticas de adaptación, manejo eficiente del agua y uso de semillas más resistentes, que aseguren la productividad y la calidad de los cultivos.

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