Por Enrique Planas

Cuando trabajó en el Museo del Louvre, tuvo el privilegio de contemplar la Gioconda sobre su mesa de trabajo. Tenía entonces 25 años. Le gustaba la química y la historia del arte. Y tras aprender en los talleres de análisis de pigmentos en museos de Florencia y Barcelona, pasó al laboratorio del mayor museo francés. Más allá de la ilusión, lo curioso es que la obra de Leonardo la decepcionó ligeramente: pequeña, dentro de una caja de gruesos vidrios, amarillenta por siglos de antiguos barnices que nadie hoy se atreve a retirar. Comenta cómo el público llega hasta ella solo para tomarse un selfi, y pasa por alto la imponente Cena de Emaús de Veronese en la pared opuesta. Hablamos del plan para dedicarle una sala entera para descongestionar la sala y ella está de acuerdo. “Me parece estupendo. Las colas frente al Louvre son imposibles. Separar a la Gioconda en un espacio independiente es una manera de permitir que mucha más gente vaya al museo”, afirma.