Las agrupaciones políticas que compiten por la preferencia electoral firman una serie de compromisos contra la guerra sucia en la campaña, pero no siempre cumplen con los acuerdos. (Ilustración: Giovanni Tazza/El Comercio)
Las agrupaciones políticas que compiten por la preferencia electoral firman una serie de compromisos contra la guerra sucia en la campaña, pero no siempre cumplen con los acuerdos. (Ilustración: Giovanni Tazza/El Comercio)
Por Martín Calderón

En el 2018, Ricardo Belmont ofendió a sus rivales políticos y al Jurado Nacional de Elecciones (JNE). Un año después, Solidaridad Nacional comparó a sus adversarios con grupos terroristas, y a inicios del 2020, el candidato Mario Bryce le entregó un jabón a Julio Arbizu tras un debate electoral. Los tres casos muestran que la guerra sucia en la política no se detuvo pese a la vigencia del Pacto Ético Electoral.

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