
Había una señal en la Colonia: cuando salía el Señor del Borriquito de la ermita del Baratillo, en el Rímac, era porque se había iniciado la Semana Santa en la capital.
La ermita se encontraba en la plazuela del mismo nombre, y la procesión recorría parte del malecón, el puente y daba la vuelta a la Plaza Mayor, para llegar a la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados, demolida en 1939, para dar paso al jardín posterior del actual Palacio de Gobierno.
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En los años 20 del siglo XX, el pan de dulce era el bocadillo esperado en la Semana Santa. Las pastelerías de ese entonces como San Andrés, Terashima o El Progreso, ubicado en el Callao, abrían sus puertas desde muy temprano. Y las tiendas vendían mantillas de chantilly que eran de seda natural, encajes metálicos, brazaletes egipcios, bolsas de cuero con dibujos venecianos y guantes de seda negros para asistir a misa.
Quién se imaginaría que años más tarde, durante el gobierno Manuel A. Odría, el Campo de Marte, en Jesús María, reuniría a miles de fieles para ver películas religiosas como ‘Jesús de Nazaret’.
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