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Crimen, castigo y esperanza en el penal de Huaral [CRÓNICA]

Aucallama es uno de los penales más hacinados de Lima con 2.458 reos en un espacio para 1.200. Los reclusos intentan demostrar que pueden cambiar.

Crimen, castigo y esperanza en el penal de Huaral [CRÓNICA]

(Foto: Lino Chipana / El Comercio)

Pabellón 1 del penal de Aucallama. Alberga a presos bajo el régimen de mínima seguridad. Por el hacinamiento, algunas camas deben ser desmontadas en el día y apoyadas en las puertas de las celdas. (Foto: Lino Chipana / El Comercio)

En Aucallama, el penal de Huaral, hay 2.458 almas en pena. Duermen al menos ocho presos por celda: seis se acomodan en dos camarotes de tres tarimas cada uno. Los otros trepan a un par de tarimas aéreas o arman unas camas plegables que durante el día se mantienen atadas a las rejas del calabozo para ahorrar espacio. Durante el día, los colchones se colocan sobre la ducha.

El penal, en realidad, tiene capacidad para albergar a menos de la mitad de la población. “Estamos construyendo más celdas. Cuando se terminen las obras, habremos aumentado la capacidad para 1.400. No es mucho, pero en algo alivia la situación”, explica el director del penal, Pedro Chuquimbalqui Arévalo.

Entre el 2011 y el 2012, dice Chuquimbalqui, la población llegó a los 5.000 reos. La situación era insostenible, sobre todo los días de visita. “Los internos llamaban a prostitutas y las enfermedades venéreas comenzaron a propagarse. Ahora solo permitimos la entrada de las esposas de los reos. Con eso, los casos de gonorrea se han reducido casi a cero”, asegura.

En las celdas el agua llega por momentos. “A las 7 de la mañana llenamos varios baldes y así nos bañamos”, cuenta Henry, de 37 años. Él duerme en la tarima más baja de un camarote del pabellón 1, de mínima seguridad. Ingresó en el 2010 por robo agravado, el delito más común en este penal.

“Yo decía que delinquía por mis hijos. Al final solo logré estar más tiempo alejado de ellos”, confiesa Henry, quien tiene tres niños. Los ve cada 15 días.

Por ellos, desde el 2013, ha trabajado para acondicionar el patio de recibo. Ahora hay algunos juegos infantiles, pasto artificial, tachos de basura de payasos y un mural de Angry Birds. Otros presos han construido una pileta ornamental y sembrado rosas. “Queremos que nuestros hijos, al venir, sientan que estamos en un lugar diferente”, indica Henry y añade: “La familia es primero”.

Crimen, castigo y esperanza en el penal de Huaral [CRÓNICA]

(Foto: Lino Chipana / El Comercio)

Los internos del pabellón 4, de mínima seguridad, se acomodan como pueden para matar los ratos libres. (Foto: Lino Chipana / El Comercio)

—En busca del perdón—
Todos los internos han sido alertados de nuestra llegada. Y casi todos, menos los 31 que se encuentran en el tópico por su tratamiento de tuberculosis (dos casos de multidrogorresistencia), se encuentran ocupados en algún taller o charla.

En el pabellón 5, de mediana seguridad, un bufón, un gigante y varios presos arrodillados que simulan ser enanos nos conducen a su taller de teatro. Han preparado una escenografía con material iridiscente y la iluminan con unas luces rojas y verdes que danzan como las de discoteca. Desde el techo caen burbujas. Unos internos cubiertos con enterizos que les tapan hasta la cara se despegan del fondo. Sus atuendos han sido pintados de modo tal que puedan camuflarse con la escenografía. Corren de un lado para otro, se cargan, ruedan.

Al terminar el número, se descubren los rostros y vemos a Adam Lucano Cotrina, de 33 años, preso por robo agravado. En el 2010, asaltó con una banda al dueño de la discoteca Kapital (en Comas), Luis Enrique Vergara. Una mujer, la más avezada de la organización, mató al hombre de un disparo. Todos cayeron presos.

En el 2011, Lucano se metió a los talleres artísticos del penal y ahora es quien coordina las obras de teatro. “Quería algo más que charlas o deporte”, dice. Más allá se ven las máquinas de gimnasio que tienen los reos a su disposición. No hay una sola que no esté recubierta de óxido. “Con el arte puedo demostrar que he cambiado. Es a lo que quiero dedicarme”, asegura.

Raúl Peña Poma, ‘La Rata’, también dice que el arte le ha servido para mejorar. Es el encargado de pintar las escenografías. “Antes de entrar acá creía que no tenía ningún talento”, dice. Y así muchos afirman lo mismo: que pueden cambiar. Pero el 60% de los internos son reincidentes. “Si Dios puede perdonarme, ¿por qué no la sociedad?”, pregunta otro preso mientras arma cuenta por cuenta un rosario. Junto a él decenas de reos fabrican los rosarios que bendecirá el papa Francisco en su visita. Lo hacen a pedido del Arzobispado de Lima y todos visten polos con una inscripción en la espalda: “Estuve en la cárcel y viniste a mí”.

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