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Fernando de Szyszlo y la tarea pendiente de la preservación de su legado

Vicente, el hijo del fallecido pintor, analiza la complicada gestión del legado de su padre y aclara los rumores sobre un supuesto suicidio

Vicente de Szyszlo, hijo del pintor Fernando de Szyszlo y la poeta Blanca Barela

Vicente de Szyszlo analiza el fundamental y difícil legado de su padre, el artista Fernando de Szyszlo fallecido en octubre pasado. (Foto: Rolly Reyna)

La cafetera vacía. La media docena de mandiles con sus salpicaduras multicolores colgados de la pared. La foto del hijo fallecido. La computadora aún encendida. Y un mensaje de puño y letra de su amada Lila pegado sobre la pared: “Te quiero, eres el amor de mi vida. Tuya, L.”. En el taller de Fernando de Szyszlo, apunta su hijo Vicente, todo sigue igual como quedó el día de la súbita muerte del artista en octubre pasado, cuando fue hallado junto a su esposa Liliana Yábar sin vida en su casa de San Isidro. Ambos habían caído de la escalera que da al salón principal luego de tropezar con un cable suelto, según cree la familia.

Sentado en el patio de ingreso de la casa de su padre, ante la pequeña piscina salpicada de hojarasca, Vicente de Szyszlo –cuya madre fue la poeta Blanca Varela– indaga alrededor de la figura paterna y las dificultades que se presentan para la preservación de su legado. Con su hablar veloz, arranca de saque la conversación:

–Mi padre siempre tenía casi toda su producción comprada desde antes, y entonces no ha quedado mucho en la casa. Queríamos hacer una especie de lugar que lo recuerde, una fundación o patronato que permitiera mantener sus cosas vivas, pero nos hemos dado con que hay muy pocas cosas, dos o tres cuadros, y algunas esculturas. Lo que íbamos a hacer acá se desinfló.

— Algo como la casa-museo de Guayasamín en Quito, digamos.
O la fundación Tamayo en México. Acá todavía estamos peleando para eso. Alguna vez lo conversamos con mi padre y él estaba enamorándose de la idea.

— ¿Un poco tarde quizá?
Muy tarde, muy tarde. Ya habíamos comenzado a concebirlo, pero pasó esto, pues. No hay cosas que ver de él y eso sí me molesta. Es un pintor importante y creo que su obra tendría que ser más visible porque tiene valores de identidad y culturales que expresan nuestra realidad de una manera estética, que no te habla racionalmente, sino a través de las formas y el color.

— Luego de la muerte de tu padre, ¿es esto como una segunda pérdida?
Sí, pues, quizá es egoísta de mi parte. Quiero seguir viéndolo, que esté presente, todavía no he tenido tiempo de darme cuenta de la magnitud del drama de esta tragedia, no he tenido mi duelo, no he procesado mis propias emociones. Yo ya vengo de la experiencia de mi madre, y en su caso sí hemos encontrado eco y se ha podido ubicar libros y cosas, se han hecho exposiciones, hemos logrado difundir su memoria. Pero mi mamá era discreta, no le gustaba la cosa pública. Mi padre sí era una persona pública y, entonces, su vacío es enorme, su vacío es mucho más importante. Opinaba todo el tiempo, siempre estaba haciendo cosas. Con esto de Kuczynski, con esta situación política, estaría como loco.

— ¿Y a ti personalmente qué es lo que te ha dejado como padre?
A mí y a mi hermano nos dio una formación que nos abrió a una percepción distinta de las cosas, desde el punto de vista artístico, de los valores estéticos. Y creo que me ha dejado una responsabilidad también: que eso que yo encuentro tan valioso que él tenía, su pensamiento, su arte y su forma de ver las cosas subsistan.

— Además de la herencia de tu madre.
Es un privilegio haber sido hijo de ellos, pero también una responsabilidad enorme, enorme. Siempre será una de mis responsabilidades. Y yo me he quedado solo, pues mi hermano se fue también. Caracho, cuando me pongo a pensar… es fuerte.

— Primero se fue tu hermano.
Luego mi madre y ahora mi padre, y dos de ellos violentamente: mi hermano y mi padre, que es la antítesis de la muerte de mi madre, que fue una muerte larga, penosa, agónica, que duró años.

— ¿Te sientes solo?
Sí, siento que tengo una situación que es difícil de hacer que otros entiendan, y difícil de explicar y de llevar día a día. Uno siempre tiene que tratar de estar en un nivel, no se puede meter la pata, no se puede fallar en las entrevistas...

— ¿En qué momentos te sientes más solo?
Hay que tomar muchas decisiones todo el tiempo, y la gente es muy generosa, pero no es constante, o sea, yo soy el único que tiene la obligación permanente. Y también digo: “Bueno, si él no hizo nada, ¿por qué tendría que hacerlo yo?”. O sea, ¿por qué me voy a comer yo esta parte? Uno tiene la sensación de que él debería haber dejado algo preparado para que sea manejable. Él tenía una visión de la realidad que la decía a través de sus pinturas, y creo que su importancia es que la gente sí lograba reconocerse en eso. Como con mi madre. La gente tiene mucho contacto con su poesía simplemente porque les dice algo que no les dice un discurso racional o político.

—¿Fue una falta de tu padre el no prever esto?
Él era una persona que no creía en la vida después. Entonces, para él todo se terminaba en la muerte. Su biblioteca, por ejemplo, tiene un valor como conjunto, y además tiene libros valiosos, cosas especiales, fotos. Y si no hay demasiadas pinturas, esos espacios, la biblioteca, los arreglos de huacos se pueden reproducir, volver a hacer algo que lo recuerde, porque la verdad que acá todo se cae a pedazos, no está acondicionado, y las cosas como están se van a picar, se van a deshacer. Hay que mantener su intención en un sitio que permita perpetuarlo.

—¿Qué se llevó tu padre?
Bueno, siempre tenía un espacio de cosas nuevas, de futuro, de proyectos, de descubrimientos. Estábamos trabajando en esculturas grandes y yo estaba muy asociado a él en eso.

Vicente de Szyszlo

“Él era una persona que no creía en la vida después. Entonces, para él todo se termina con la muerte”, dijo Vicente de Szyszlo. (Foto: Rolly Reyna)

— ¿Se llevó el futuro, digamos?
Sí, pero tampoco era mi profesión. Ahora tengo que recuperar mi normalidad, mi oficina de arquitectura, que hace cosas chiquitas pero que me gusta hacer. Y eso es algo que me dejaron tanto él como ella: hacer lo que quieres hacer, lo que te gusta hacer, más que someterte a lo que te imponen. Él era una persona muy generosa, demasiado generosa, que siempre estaba atento a tus carencias, dificultades y problemas. Hay una frustración de no haber terminado de armar un sitio que perpetúe sus trabajos, su mundo, su visión de las cosas.

— ¿Qué es lo que más le agradeces?
Haber sido siempre consistente moralmente. Él podría haber estado equivocado a veces, pero era totalmente honesto en lo que creía y coherente. Jamás era doble. Y eso es algo muy importante y que también es raro.

— ¿Cómo es tu sueño de preservación de su legado?
En realidad hay dos partes. Una es un lugar donde se puedan ver sus cuadros. Y, por otro lado, está también la persona que era él con lo que lo alimentaba, y cómo arreglaba lo que le gustaba: la cerámica precolombina, las telas o los cuadros de terceros, los muebles modernos y los muebles antiguos. Esa era su fascinación. Entonces, él ha logrado en esta casa rincones muy bonitos y simpáticos que son hechos con cosas valiosas, y el valor está en cómo las ha juntado, cómo las ha ensamblado. Tienen valor como piezas, pero también como su estética. Es un poco lo que Tamayo hizo en su casa en Oaxaca, donde armó su colección precolombina de una forma que no era arqueológica, sino estética. Eso era algo con lo que mi padre vivía. Estaba siempre sacando un huaquito y poniendo otro. Él mismo los colgaba, todo lo hacía él mismo, era un gran 'bricoleur', siempre estaba haciendo huecos con el taladro, era el rey de jalar cables y poner enchufes. Así era él, pues. Si ves la casa, en ese sentido es un desastre, está llena de cables jalados, como ese cable… En mis sueños esto debía techarse y hacerse una galería con los cuadros de él, y hacer el instituto, la biblioteca y la sala de reuniones, sabe Dios. Pero eso había que planearlo con él vivo, y que esas exposiciones pudieran viajar y traer cosas de Tamayo o Botero. Entrar en un circuito.

— ¿Te quedaste con las manos vacías?
Sí, bueno, pero con lo que queda quiero hacer algo que todavía tenga sentido. Y si no, pues ya tiraré la esponja, porque él realmente no me dejó las cosas y yo no puedo dedicar tampoco el resto de mi vida a hacer de esto mi actividad principal.

—¿A gestionar su legado?
Sí, sí, que yo creo que en los museos podría estar bien, si es que se exhibiera.

—¿Su obra no se exhibe lo suficiente?
No, la verdad que no, y no me parece por la importancia que él tiene como pintor. Es parte de la historia.

— ¿Dónde está su obra?
MALI, MAC, colecciones privadas y museos de afuera. Lo que pasa es que la forma en que funcionan los museos ha cambiado mucho, hay una especie de guardarse cosas y mostrarlas un poquito, y después esconderlas. No lo entiendo muy bien, capaz tiene una orientación comercial, o sea, te escondo esto para cuando yo lo saque tú tengas que venir. Ya no es el sitio donde vas a ver la obra de este pata.

— ¿Cómo recuerdas a tu padre?
Como una persona hiperactiva, pero tenía una paz a la hora del té y del almuerzo, y cuando éramos chicos estaba tres o cuatro meses fuera, se iba a enseñar a Cornell o a Yale, y entonces siempre los reencuentros eran muy bacanes. Pero hay una edad a partir de la cual ya éramos como amigos, íbamos al cine, jugábamos Monopolio, nos íbamos de viaje. Se divertía, le gustaba jugar. Nosotros nos sentábamos al lado de él en el asiento del copiloto, los dos juntos, y él nos iba haciendo "pin, pin, San Agustín". Siempre tenía unos carritos muy chiquitos en los que iba muy rápido, y eso nos gustaba: que le gustara correr, que le gustaran los carros deportivos.

Fernando de Szyszlo y Liliana Yábar

Fernando de Szyszlo y Liliana Yábar, la esposa del pintor. (Foto: Nancy Chappell/ El Comercio)

— Normalmente uno puede tender a admirar más al padre o a la madre, pero en tu caso debe ser más difícil esa definición.
Sí, es fregado, la valla es alta, y creo que por eso terminaron separados. Como que el espacio era poco para que los dos estuvieran a todo meter. Y Godi quería, necesitaba una compañía perpetua al lado, y mi mamá tenía su vida, pues, ni por asomo. Mi mamá, además, siempre era crítica de todo, rescataba lo que hacía él, pero podía tener una opinión distinta. Por otro lado, Lila era una admiradora muy honesta, creo que había una admiración muy auténtica por él, y una devoción. Vivía pegada al lado de Godi, y Godi necesitaba que ella estuviera ahí. Había una simbiosis.

— ¿Por qué crees que él necesitaba alguien así?
[Resopla] No lo sé muy bien, mira, hay gente que tiene una debilidad por ser admirada y querida, que le gusta reforzarse. Para ellos eso era amor. Y eran muy románticos. Hay muchas manifestaciones entre ellos que eran casi infantiles, de te amo y secretitos, se mandaban mensajitos. Era amor, pues.

Fernando de Szyszlo en su casa

Según cree la familia, Fernando de Szyszlo cayó de la escalera que da al salón principal de su casa luego de tropezar con un cable suelto. (Foto: Nancy Chappell/ El Comercio)

— ¿Te dolió lo que se habló a raíz de la muerte de ambos? Se rumoreó que se habían suicidado.
Sí, una tontería, porque nadie se suicida de una manera tan improbable de acertar. Nadie se tira de cabeza [de la escalera], y menos en una forma tan poco estética. Dos personas que aman la belleza de las cosas no le ofrecen a su familia un espectáculo tan poco estético, tan difícil de digerir, de superar.

— Tu papá había declarado que esperaba ser capaz de suicidarse.
Sí, él tenía esa cosa de avisar: “Me van a encontrar muerto, nos van a encontrar así”, pero lo habría hecho de otra forma, con pastillas, sin sangre. Pero él estaba con muchas cosas. Nadie se suicida si está pidiendo pinturas a Alemania. Él acababa de hacer un pedido que llegó al día siguiente, sus acrílicos que le mandaban porque acá no conseguía.

— Y sin embargo, hay quienes han dicho que ha sido una muerte romántica.
Es bello el hecho de que haya sido juntos. Ellos siempre habrían escogido morir juntos. Eso sí es lo mejor que hubiera podido pasarles, pero la forma no, la forma no, no. Porque, además, estaban yendo al pedicurista, o sea, estaban bajando para ir al pedicuro, y nadie se suicida en el camino al pedicurista.

Más información

“Homenaje a Fernando de Szyszlo”
Organizado por el Centro Cultural de la PUCP y la Cátedra Vargas Llosa, el homenaje al artista se realizará mediante dos mesas de conversación con la participación de escritores y artistas cercanos a su vida y obra.
Lugar: CCPUCP (Av. Camino Real 1075, San Isidro).
Fechas: 21 y 22 de febrero. Hora: de 7a 9 p.m.
Ingreso libre.

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