Por Juan Carlos Fangacio Arakaki

Miraba “Kinra” y me venían a la memoria dos películas. En “El caballo de Turín” (2011) del húngaro Béla Tarr, un padre y su hija, aislados del mundo en una pequeña cabaña, pasaban buena parte de sus repetitivos días sentados a la mesa comiendo papas sancochadas como único alimento. En tanto, en “Madre e hijo” (1997), del ruso Aleksandr Sokurov, un hombre y su anciana madre paseaban por el campo mientras sostenían largas conversaciones, casi como una forma de esperar la inminente muerte de la mujer.

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