
La catarata de dramáticos acontecimientos ocurridos en las últimas 72 horas en torno a Venezuela revela una verdad absoluta y una buena cantidad de interrogantes y dudas por despejar. La certeza es que Nicolás Maduro ya es un cadáver político. Su ‘extracción’ de Caracas y su arribo a Nueva York, donde ayer compareció por primera vez ante la justicia, lo han dejado completamente fuera del juego, por más que sus secuaces en el país llanero sigan refiriéndose a él como presidente secuestrado y formen inútiles comisiones para abogar por su liberación.
Maduro habrá caído, pero el chavismo no. Sigue ahí, golpeado y dañado, pero todavía respirando. Y lo que le da vida es el reconocimiento de Estados Unidos como el único interlocutor válido, por ahora, en esta era posMaduro. Delcy Rodríguez, chavista hasta los huesos y que ocupa cargos en el régimen desde hace 20 años, acaba de jurar como presidenta encargada y su hermano Jorge seguirá al frente de la Asamblea Nacional (Parlamento) supuestamente por cinco años más.
Justamente en la sesión de instalación de la nueva legislatura de este lunes 5, abundaron discursos en los que se habló de soberanía, dignidad y cooperación. Las dos primeras palabras suenan huecas tras la operación relámpago estadounidense que desnudó las limitaciones de la fuerza armada bolivariana. Es, más bien, el tercer vocablo el que será clave en las semanas y meses que vienen. Porque Donald Trump ha sido muy enfático: “Si (Delcy) no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, quizá mayor que el de Maduro”.
Visto lo ocurrido con su exjefe, Rodríguez dejó sus mensajes furibundos antiyanquis -adjetivo que le encanta al régimen- y se inclinó e invitó al gobierno estadounidense a trabajar conjuntamente en una “agenda de cooperación orientada al desarrollo compartido y que fortalezca una convivencia comunitaria duradera”. No está nada claro si será duradera o no. Ni siquiera está claro lo que vendrá y si esta estrategia inmediata en la que Washington privilegia el orden y la seguridad -y el diálogo con quienes sean funcionales a este fin- por sobre el retorno a la democracia tendrá éxito.
No la tendrá fácil la Administración Trump y, en especial, aquel que sea designado para monitorear esta transición poco prolija, por lo que se ve hasta hoy. El chavismo no son solamente los hermanos Rodríguez, sino también Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, siniestros personajes que siguen como ministros y que controlan las fuerzas armadas. Pero además de estas tenemos a los colectivos (organizaciones paramilitares), al ELN colombiano operando en territorio venezolano y a bandas criminales que, todas juntas, pueden dificultar el desmontaje de un aparato represivo aceitado por más de 25 años.
No olvidamos, antes de terminar, a María Corina Machado, la mujer que congregó en los últimos tiempos el sentimiento antichavista y dio pelea desde las calles o desde la clandestinidad. La última ganadora del Nobel de la Paz aparece como la más descolocada, junto con Edmundo González, en medio de la nueva situación. Trump, sin filtros como siempre, prácticamente la despreció en uno de sus discursos, pero el secretario de Estado, Marco Rubio, ensalzó sus cualidades si bien remarcó que este no es su momento. Ni el de ella ni el del resto de líderes opositores diseminados por el mundo. Esperemos que, más pronto que tarde, ese momento llegue.
¡Hasta el martes que viene!









