Después de casi dos décadas de espera, planificación y trabajo meticuloso, el Gran Museo Egipcio (GEM) abre oficialmente sus puertas el próximo 1 de noviembre, en un evento que marcará un antes y un después en la historia de la arqueología y la museografía mundial. Ubicado a solo dos kilómetros de las emblemáticas pirámides de Guiza y con una vista privilegiada de estas maravillas del mundo antiguo, el GEM no solo promete ser una joya arquitectónica moderna, sino también un faro de conocimiento que conecta el pasado con el presente.
Con una superficie de más de 480 mil metros cuadrados y la exhibición permanente de más de 100 mil piezas arqueológicas, este museo se convierte en el más grande del mundo dedicado exclusivamente a una sola civilización: la egipcia. Desde joyas milenarias hasta herramientas, papiros y sarcófagos, el museo albergará una de las colecciones más impresionantes del patrimonio cultural de la humanidad, incluyendo los tesoros dorados del faraón Tutankamón y una colosal estatua de Ramsés II, ubicada en el gran atrio de entrada.
El GEM no es solo una vitrina del pasado; es una institución viva. Se estima que recibirá más de cinco millones de visitantes al año, lo que lo posiciona como un nuevo epicentro turístico, cultural y educativo en el norte de África. Para garantizar una experiencia de calidad, los guías ofrecerán recorridos en múltiples idiomas, incluido el castellano, y se han habilitado zonas interactivas, espacios didácticos para niños, cafeterías, librerías y tiendas especializadas, pensando en un acercamiento integral al conocimiento del Antiguo Egipto.
Pero el museo va más allá de la exhibición. Contará también con un centro de investigación, restauración y conservación arqueológica, abierto a museólogos, historiadores y científicos de todo el mundo, promoviendo el intercambio de saberes y fortaleciendo los vínculos entre comunidades académicas internacionales.
Esta apertura es también una invitación a reflexionar sobre las sorprendentes conexiones entre culturas antiguas que, pese a estar geográficamente separadas y sin contacto directo, compartieron una visión del mundo extraordinariamente similar. Un caso fascinante es el paralelismo entre la civilización egipcia y las culturas precolombinas del Perú, especialmente las de Caral, Paracas e Inca.
Ambas civilizaciones, separadas por más de 11 mil kilómetros y miles de años de historia, demostraron un profundo conocimiento del cosmos, que aplicaron tanto en su arquitectura como en sus calendarios agrícolas. Las pirámides egipcias y estructuras como Machu Picchu o la ciudad sagrada de Caral muestran alineaciones con fenómenos astronómicos claves, lo que sugiere una cosmovisión compartida: una en la que el ser humano está en constante diálogo con el universo.
La muerte, para egipcios y peruanos antiguos, no era un final, sino una transformación. Ambos pueblos momificaban a sus muertos y los enterraban con ofrendas para su vida futura. En Egipto, textos como el papiro de Edwin Smith ya describían procedimientos quirúrgicos rudimentarios, mientras que, en el Perú, los cráneos trepanados con alto índice de supervivencia revelan técnicas neuroquirúrgicas avanzadas para su época.
También existen similitudes en sus sistemas de organización social, con jerarquías lideradas por élites religiosas, y en sus formas de comunicación y registro: los jeroglíficos egipcios y los quipus andinos, aunque muy diferentes en forma, cumplían funciones esenciales para la administración del conocimiento y los recursos.
¿Cómo se explican estos paralelismos? Algunos estudiosos hablan de evolución paralela: sociedades humanas, enfrentadas a desafíos similares, desarrollaron soluciones parecidas. Otros, más audaces, sugieren la posibilidad de una conexión perdida en el tiempo. Sea como fuere, estos ecos entre culturas nos recuerdan que, en nuestra diversidad, compartimos un mismo impulso por comprender el misterio de la existencia.
El Gran Museo Egipcio es más que un edificio: es un puente entre civilizaciones, entre épocas, entre preguntas sin respuesta. Y hoy, más que nunca, necesitamos espacios que nos inviten a recordar que el conocimiento del pasado es también una herramienta para construir el futuro.
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