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Maduro solitario, por Jean Maninat

“El gobierno está solo internamente, y cada vez más aislado internacionalmente”.

Jean Maninat Analista internacional

Venezuela

“Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir aislados –sobran los ejemplos–, sin fuerzas internas capaces de organizarse política y socialmente para derrotarlos”. (Foto: AFP).

El 10 de enero, en la estricta intimidad de los suyos –unos de civil, otros de uniforme–, ante la mermada presencia de los náufragos del ALBA y los siempre atentos acreedores chinos, rusos y ahora turcos, el régimen celebró, a puertas cerradas y afuera del hemiciclo parlamentario donde le correspondía, la continuación del gobierno más nefasto que ha conocido la historia republicana de Venezuela.

¿Dónde estaban celebrando los votantes del oficialismo el día de la toma de posesión de Nicolás Maduro? ¿Por qué la ciudad lucía muerta en un día de supuesto festejo para quienes votaron por él? El menos avezado de los enviados especiales de la prensa internacional habrá recordado los baños de masas que acompañaban al difunto comandante galáctico en cada una de sus presentaciones de calle, el fervor inducido a punta de carisma asistencialista. No queda ni siquiera para el remedo.

El proyecto del socialismo del siglo XXI se redujo a consignas que se desvanecen descoloridas en los muros de los míseros barrios del país. Sus habitantes, los supuestos depositarios de los logros del “proyecto”, son quienes más sufren los efectos de sus alocadas políticas económicas y su falta de pericia para medianamente gobernar el país. No hay nada que celebrar, salvo el milagro de que los productos prometidos por la nomenclatura gobernante aparezcan en los mercados para gratificar las interminables horas de espera que marcan la vida de millones de venezolanos.

El gobierno está solo internamente, y cada vez más aislado internacionalmente. Una cascada de desconocimiento por parte de la Unión Europea, la OEA, el Grupo de Lima –menos México–, los EE.UU., Canadá, Japón (la lista seguirá creciendo a medida que pasen los días) no ha tenido mayor efecto en su determinación de aferrarse al poder. En cierta forma, le viene bien al relato del país asediado por el poderoso enemigo del norte y sus aliados, y es un chivo expiatorio propicio para autoexculparse de sus desmanes.

La presión internacional es necesaria, pero no suficiente para hacer cambiar la situación en Venezuela. Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir aislados –sobran los ejemplos–, sin fuerzas internas capaces de organizarse política y socialmente para derrotarlos. La oposición democrática venezolana está obligada a recomponerse, a presentar una opción que vuelva a entusiasmar al país que en el 2015 le dio mayoría en la Asamblea Nacional (AN). No basta con argumentar que se lidia con un grupo de desalmados, sin escrúpulos en el ejercicio del poder, ‘ça va de soi’. Lo que corresponde es –como se hizo con éxito en el pasado– buscar la manera de vencerlo democráticamente, abriendo nuevos espacios y manteniendo los ya logrados. La lucha por elecciones libres y transparentes será determinante. Y allí la comunidad internacional sí puede jugar un papel determinante.

Un gran aporte –adicional a lo mucho ya hecho– sería solicitar, recomendar, exhortar, a la oposición democrática venezolana a buscar una política común, un acuerdo mínimo que logre presentar un mensaje capaz de volver a entusiasmar al país desencantado, hoy mayoritario, sin una dirigencia capaz de aglutinar y movilizar democráticamente ese descontento. Por otra parte, la AN es el último reducto democrático que queda en el país y hoy sigue estando asediada por el régimen y, paradójicamente, por los sectores maximalistas de la propia oposición que la instan a lanzarse por el despeñadero de autonombrarse “gobierno legítimo” de la nación. Convendría ayudar a protegerla del fuego enemigo... y del amigo.

Ojalá se aproveche esta nueva oportunidad que ofrece un gobierno aislado y desprestigiado, y una situación de crisis económica y social espantosa, para que la oposición democrática –con la ayuda de la comunidad internacional– regrese a la política, desdeñando las quimeras que la han traído hasta aquí. Quizás esta sea la última oportunidad. Con una oposición sin brújula y una AN desorbitada por la presión radical, todo estará perdido. Y perdonen la tristeza.

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