No sabemos si fue coordinado. El presidente estadounidense Donald Trump hizo que sus tropas entren a Venezuela y capturen a Maduro. Esto ha ocasionado un gesto de Machado que echa por tierra los ideales por los que combatió.
Quiere entregarle el Premio Nobel de la Paz a Trump. ¿Por liberar a Maduro? ¿Por matar gente en el camino? ¿Por desplegar buques de guerra, drones y aviones?
Trump no es Nobel de la Paz. Es un destructor de la democracia en los Estados Unidos. Aplaude el asesinato de una mujer que no amenazó a ningún policía y mintió sobre las circunstancias; es decir, encubrió un asesinato.
EE.UU. no ha reconocido el triunfo electoral de Edmundo González y de Machado. Ha decidido hacer una administración a través de la amenaza con los chavistas que manejan el país.
Maduro no es el único problema de Venezuela. Está Diosdado Cabello. Están los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez: una de presidenta del Ejecutivo y el otro de presidente del Poder Legislativo.
¿Son esas las bases de la paz que ha conseguido Trump? ¿Por qué va corriendo Machado a donde Trump? ¿Para darle un premio que, además, no está habilitada a transferir?
¿Por qué van corriendo Gustavo Petro, presidente de Colombia, y Claudia Sheinbaum, presidenta de México?
Trump ha demostrado hasta dónde puede ir con los países de menor economía. Ha hecho con Venezuela una exhibición de poder y ‘bullying’.
Nuestro desatinado presidente José Jerí ha expresado su apoyo a la intervención militar. “Necesaria –dice– para la restauración de la democracia”.
¿Y cuál es la medida de la democracia? Bajo ese concepto, EE.UU. tendría que intervenir en China, Rusia, Corea del Norte, Irán o Cuba. Si no tienes el poder para enfrentar a EE.UU., por lo menos quédate callado.
El problema con Trump es que, junto con su Nobel por atrapar a Maduro, se le “otorga” también por sus relaciones con Epstein, por sus inconductas fiscales, por su intervencionismo en el sistema judicial y por su política criminal antiinmigratoria.
Los héroes de hoy son, casi siempre, los verdugos de mañana. No sigamos esta ola de efusión, por más que venga de María Corina Machado.
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