RespuestasViolencia política
“La violencia política es como un fuego que uno no puede pretender extinguir pidiéndole solo al de enfrente que deje de echarle combustible”.
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Fundador de Comité y cofundador de Recambio
Resumen
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

El miércoles de esta semana fue asesinado en EE.UU. el activista conservador Charlie Kirk mientras hacía una presentación para cientos de estudiantes en la universidad de Utah Valley. Con su organización Turning Point USA, Kirk visitaba campus universitarios y se ponía a debatir típicamente con estudiantes progresistas. Quería evidenciar que podía vencerlos argumentativamente en esos intercambios. Esto le granjeó la admiración de quienes coincidían con sus posturas y lo veían como un general de infantería en la mal llamada “guerra cultural”, mientras que otros lo descalificaban públicamente por considerar que normalizaba y amplificaba discursos de odio.
Kirk era muy articulado al presentar sus ideas, pero no siempre dejaba la sensación de que estuviera intelectualmente abierto a la posibilidad de que le demostraran que podía estar equivocado. En tiempos recientes se le veía más interesado en entretener a su enorme base de seguidores, entre ellos el presidente Donald Trump, con su ejercicio cotidiano de ridiculizar a sus opuestos ideológicos.
Si bien encontraba yo validez en los señalamientos que hacía a algunos de los excesos de la política identitaria y la cultura de la cancelación en EE.UU., me parecían indefendibles sus posturas en temas como el conflicto en Gaza, el trato que debía darle la sociedad a los miembros de la comunidad LGTBIQ+ o lo que él consideraba el “costo aceptable” de defender el derecho a portar armas de fuego. Decía Kirk que este derecho era tan importante para garantizar los demás, que debía asumirse como un daño colateral tolerable que hubiera alguna cantidad de muertes por armas de fuego cada año.
Resulta aberrante, sin embargo, que Kirk se haya convertido en parte de esta estadística con la cual él mismo contemporizaba. Con todas las discrepancias que yo pudiera tener con él, que eran muchas y enérgicas, no puedo sacarme de la mente la imagen reproducida hasta el cansancio en mis redes sociales de este chico de 31 años siendo alcanzado por una bala en el cuello, en un evento en el que estaban además presentes su ahora viuda y sus dos hijos pequeños. Y luego ver en esas mismas redes sociales comentarios celebratorios tales como “bien se lo tuvo merecido” o “ya era hora de que alguien lo hiciera” me ha hecho recordar cuán fácil puede una persona perder su humanidad cuando etiqueta al de enfrente como el enemigo.
A este asesinato despreciable le antecede en EE.UU. el doble atentado fallido contra el entonces candidato republicano Donald Trump, pero también el homicidio de la congresista estatal demócrata Michelle Hortmann y su esposo en julio de este año en Minnesota o lo ocurrido cuando un atacante ingresó en el 2022 al domicilio de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi y, al no encontrarla, se ensañó con su esposo Paul, quien se salvó de milagro.
La realidad no respalda la creencia antojadiza de que la violencia política que se está viendo en EE.UU. es exclusiva de un lado del espectro ideológico. Esta parece estar inserta, más bien, en un bucle de retroalimentación, donde la violencia percibida en el lado opuesto termina sirviendo como una excusa para justificar la violencia del lado propio.
Esto no va a parar mientras no se entienda que la violencia política es como un fuego que uno no puede pretender extinguir pidiéndole solo al de enfrente que deje de echarle combustible, si uno mismo sigue haciéndolo sin mayor inhibición o remordimiento. La única manera de detenerla es que todos pongamos de nuestra parte y dejemos de racionalizarla en el discurso y mucho menos en la acción cuando la víctima es aquel con quien discrepamos.
Porque otro error craso que cometemos es asumir que hay una brecha monumental entre la agresión verbal y la agresión física, para no sentirnos mal cuando aplaudimos lo primero. Pero lo que hay entre ambas, es una mecha bien corta.









