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¿Confrontar o dialogar?
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¿Confrontar o dialogar?

¿Confrontar o dialogar?

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Está en la naturaleza humana tener interacciones sociales que pueden ser competitivas o cooperativas según las circunstancias. Dicho en sencillo: en nuestras relaciones interpersonales a veces nos asumimos como rivales y buscamos imponernos sobre alguien más, y otras veces entendemos más bien que debemos colaborar en pos de algo que podría beneficiar a todos los involucrados. Cada uno de nosotros toma diariamente decenas de decisiones en función de si cree que debe competir o cooperar con quien tiene enfrente.

Esta dualidad la podemos apreciar, por ejemplo, en lo que ocurre en un determinado sector económico. Las empresas que participan en él deben competir por la preferencia del consumidor, y ciertamente deben reconocerse como rivales en ese aspecto. Pero esas mismas compañías podrían estar asociadas al gremio representativo de la industria, y cooperar desde ese espacio para proponer colectivamente regulaciones razonables para su actividad.

Lo problemático sería que cooperaran para, por ejemplo, concertar precios en contra de los intereses de los consumidores, o que, por ser hipercompetitivas, no pudieran siquiera ponerse de acuerdo sobre posiciones mínimas que debieran estar defendiendo gremialmente.

En la política también vemos una dinámica permanente entre competencia y cooperación. Los actores políticos se entienden como rivales cuando disputan una elección, pero pasada esta deberían poder cooperar –por ejemplo, desde el Congreso– para impulsar reformas que dejen al país en una mejor situación.

Lo problemático sería que cooperaran para hacer reformas pensadas en beneficiarse ellos y no a los electores (como las llamadas leyes “procrimen”) o que en la competencia electoral se atacaran con tal nivel de desprecio que luego esto hiciera imposible que se acerquen en sus posiciones para darle gobernabilidad al país.

Ahora pensemos en cómo se cruzan esos dos mundos: la economía y la política. Imaginemos que la confrontación de ideas es una manifestación de competencia, mientras que el diálogo constructivo es una expresión de cooperación. Cuando haya una discrepancia entre empresarios y políticos sobre algún tema, podemos esperar que haya confrontación. Pero si ocurre, más bien, que hay una zona de posible acuerdo, lo más sensato sería ir por el camino del diálogo abierto y transparente.

Lo problemático aquí es que confrontar y dialogar requieren destrezas diferentes de los involucrados. La confrontación es una estrategia defensiva que entiende el problema como uno de suma cero (el triunfo de uno necesariamente es la derrota del otro), mientras que el diálogo es lo contrario porque busca crear algo que no existe. Es un juego de suma positiva que requiere de empatía y flexibilidad para poder funcionar. Para confrontar bien, uno tiene que estar convencido de su posición. Para dialogar bien, uno debe estar abierto a la posibilidad de que el otro tenga la razón.

Situémonos entonces en el caso de un país que padece de un cuadro de polarización tóxica, como el peruano. Cuando empezamos a pensar que el vínculo entre peruanos que votan distinto debe ser necesariamente uno de enemistad o de mutua exclusión, y sentimos que la política se parece a un juego de suma cero, nos vamos a ver tentados a considerar que la confrontación es el único camino habilitado.

Nunca lo es. La confrontación puede estar plenamente justificada en algunos casos, como cuando se trata de defender mínimos democráticos. Pero si queremos crear algo que hoy no existe –digamos, el país con el cual soñamos–, con personas que piensan y votan distinto que nosotros, eso solo se logra siguiendo el camino del diálogo, reconociendo al otro no como una amenaza existencial, sino como un interlocutor válido. Cuando más tiempo permanece cerrada esa puerta, más difícil se hace luego poder reabrirla.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Augusto Townsend Klinge es fundador de Comité y cofundador de Recambio.

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