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De Bach a Tiktok
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La Capilla Sixtina tardó cuatro años en pintarse. Miguel Ángel desarrolló cada figura con una precisión que requería conocimientos profundos de anatomía, perspectiva y teología. En el 2019, Maurizio Cattelan pegó un plátano con cinta adhesiva a una pared y lo vendió por US$120.000 dólares. Ambas son consideradas arte y en esa equivalencia se revela algo más profundo: estamos reconfigurando nuestra capacidad de procesar, crear y apreciar la complejidad elaborada.
Es como decir que, en la literatura tanto un haiku como “Cien años de soledad”, requieren el mismo tipo de compromiso mental. El problema no es el minimalismo (Rothko creaba profundidad emocional con campos de color), sino nuestra incapacidad creciente para distinguir entre la simplicidad que resulta de la destilación maestra y la ausencia de contenido.
Bach componía fugas donde múltiples líneas melódicas se entrelazaban siguiendo reglas matemáticas precisas mientras creaban experiencia emocional trascendente. Una sola fuga del Clave bien temperado contiene más información estructural —patrones armónicos, desarrollos temáticos, variaciones contrapuntísticas— que muchas canciones contemporáneas diseñadas para viralizarse en videos de 15 segundos.
Aquí está lo inquietante: estudios de neuroimagen muestran que nuestros cerebros están reorganizándose. La investigación de la neurocientífica Nina Kraus en Northwestern University documenta que la exposición constante a música con estructuras armónicas simples altera cómo procesamos la información auditiva. Los adolescentes actuales muestran respuestas neuronales diferentes ante la complejidad musical comparados con generaciones anteriores. No es preferencia generacional. Es arquitectura neurológica. Sus cerebros, moldeados por años de exposición a música algorítmicamente optimizada para “engagement”, procesan de manera diferente las estructuras complejas. Es el equivalente neurológico a perder fuerza muscular por falta de uso.
En el 2017, el Rijksmuseum de Ámsterdam realizó un estudio de seguimiento ocular: el tiempo promedio que los visitantes pasaban mirando La ronda de noche de Rembrandt era de 27 segundos. La obra tiene 12 metros cuadrados de superficie y docenas de figuras, cada una con su propia narrativa. 27 segundos.
Pero el fenómeno va más allá. Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de UCLA, documentó en su libro Reader, Come Home que ella misma, una experta en lectura profunda, descubrió que había perdido la capacidad de leer novelas complejas tras años de lectura digital fragmentada.
Tuvo que reentrenarse deliberadamente, como un atleta lesionado reaprendiendo a caminar. Si esto le sucede a una especialista que comprende íntimamente los mecanismos neuronales involucrados, ¿qué está ocurriendo con el resto de la población?
Los profesores universitarios reportan transformaciones pedagógicas radicales. No es que los estudiantes “no quieran” leer textos de más de diez páginas. Es que han perdido la capacidad de mantener en la memoria operativa las múltiples capas de argumento que requiere un texto complejo. La arquitectura cognitiva necesaria simplemente no está ahí.
La neuroplasticidad —esa capacidad del cerebro para reorganizarse— se ha convertido en un arma de doble filo. Cada deslizamiento de pulgar, cada salto de video, está recableando redes neuronales. Los caminos sinápticos que antes sostenían la lectura profunda se atrofian. El cerebro lector profundo que podía sumergirse en Proust o navegar los laberintos de Borges era una tecnología cultural que tomó siglos desarrollar. Lo estamos desmantelando en dos décadas. Y lo más inquietante es que no es accidental. Hay arquitectos detrás de esta demolición.
Los algoritmos de recomendación no son neutrales. Están optimizados para maximizar tiempo de permanencia en pantalla, y han descubierto algo fundamental: respondemos más a lo simple, lo escandaloso, lo que confirma nuestros prejuicios. No es conspiración; es optimización. El algoritmo no “quiere” embrutecer a nadie. Simplemente maximiza su función objetivo, y resulta que el camino más eficiente hacia el engagement es la simplificación progresiva. YouTube no te recomienda conferencias de física cuántica después de ver un video de gatos. Spotify no te reta con disonancias jazzísticas. Ambos han aprendido que tu cerebro —ese órgano eficiente que evolucionó para conservar energía— prefiere la zona de confort. Es un circuito de retroalimentación que se acelera: cada vez que elegimos el contenido más fácil de procesar, reforzamos los patrones neuronales de la facilidad, y los algoritmos nos sirven contenido aún más fácil.
Internet democratizó el acceso al conocimiento. Cualquiera puede ver las conferencias de MIT, leer papers científicos, acceder a óperas. Hemos construido la Biblioteca de Alejandría digital, pero estamos perdiendo la capacidad de leer. Democratizar el acceso no es lo mismo que democratizar la capacidad de comprensión. El instrumento está ahí, pero sin años de desarrollo de la arquitectura cognitiva necesaria, es solo un objeto decorativo.
Peor aún: estamos creando una ilusión de comprensión. Leemos resúmenes de resúmenes. Vemos videos de tres minutos que “explican” a Kant. Creemos entender la mecánica cuántica porque vimos una animación simplificada. Es el efecto Dunning-Kruger a escala civilizacional: sabemos lo suficiente para creer que entendemos, pero no lo suficiente para comprender que no entendemos.
Esta ilusión tiene consecuencias estructurales. Cuando todos creen que entienden pero nadie realmente comprende, las decisiones colectivas —desde políticas públicas hasta consumo cultural— se basan en simplificaciones que ignoran la complejidad real de los problemas. No es solo que individuos pierdan capacidad cognitiva; es que sociedades enteras empiezan a operar bajo un consenso de superficialidad.
Nos aproximamos a una divergencia sin precedentes. No entre educados e ignorantes, sino entre quienes mantienen la capacidad de procesar complejidad y quienes la han perdido. Una minoría que preserva la habilidad de pensar en sistemas complejos, y una mayoría neurológicamente reconfigurada para procesar solo contenido optimizado para engagement inmediato. Y aquí está lo inquietante: a diferencia de la riqueza material, la capacidad cognitiva no se redistribuye con políticas públicas. Una vez perdida la atención profunda, recuperarla requiere años de esfuerzo deliberado. Más aún, cuando la mayoría ni siquiera sabe que la perdió.
Si nadie conserva la capacidad de decodificar la complejidad de Miguel Ángel o Bach, ¿qué significan realmente estas obras? El reduccionismo comenzó como herramienta metodológica para descomponer lo complejo en partes manejables. Se convirtió en ideología, luego en estética, finalmente en reconfiguración neurológica. Prometió hacer el mundo más comprensible. En cambio, nos está haciendo menos capaces de comprender. Y ahora desarrollamos IA capaz de leer y analizar desde Proust hasta Vargas Llosa, mientras nosotros perdemos la capacidad de terminar un artículo de mil palabras. Quizás estamos creando nuestros reemplazos cognitivos justo a tiempo. No perdemos la inteligencia bruta, sino algo más esencial: la capacidad de habitar la complejidad. Cada vez que elegimos el resumen sobre el libro, el clip sobre la película, votamos por el tipo de mente que desarrollaremos. El cerebro mantiene plasticidad toda la vida; podemos recablearnos, pero requiere exactamente lo que nuestra época desprecia: esfuerzo sostenido, incomodidad cognitiva, trabajo profundo. Esa decisión sobre qué tipo de humanos podemos ser no se toma una vez. Se toma cada día, cada hora, con cada elección sobre dónde dirigir nuestra atención.

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