Cuando la semana pasada critiqué un artículo que apareció en “The New York Times” sobre la democracia peruana, denunciando su exotismo, lo hice porque creo que muchos colegas hemos perdido la capacidad de describir la sociedad peruana para pasar a ser activistas. Al convertirnos en activistas hemos perdido la capacidad de retratar a la sociedad para adjetivar. Construimos mitos de héroes y villanos en la democracia, mitos que le han hecho muchísimo daño al país, donde en realidad los héroes terminan viviendo siempre para convertirse en villanos.
Creo que un primer paso para superar este dilema con honestidad intelectual pasa por reconocer que todas las miradas de los problemas de la democracia peruana desde arriba se han convertido casi en argumentos circulares. Por ejemplo, el caso de la postulación de Keiko Fujimori a la presidencia debería verse como un fracaso de la cultura política democrática y debería ser combatido con furibunda impiedad. En su lugar, se omite mencionar que el crecimiento del crimen organizado y de economías ilegales ha facilitado la demanda de mano dura que representa Fuerza Popular. Se desconoce el movimiento desde abajo, desde una sociedad huérfana de servicios públicos eficientes de seguridad. Además, por adjetivar, se olvida también de analizar que Fujimori entiende que es muy improbable que gane, que el fujimorismo apunta a construir una estructura de supervivencia de poder mínimo, más que a conquistar todo el poder.
Así, al desconocer los movimientos de la sociedad desde abajo, somos incapaces de entender la popularidad de Castillo y Vizcarra. Siempre nos desconcertará que haya compatriotas que legitimen prácticas antidemocráticas, perdemos la capacidad de comprender que muchos se sienten identificados simbólica o racialmente por estos líderes. Por adjetivar, dejamos de constatar que desde hace muchos años está creciendo un peligroso movimiento popular en muchas ciudades andinas que descree de la democracia como forma de procesar nuestros conflictos. No son ciudadanos empoderados por la informalidad y el dinero, son ciudadanos a los que se los ha demonizado con fiereza desde hace muchos años porque entienden que hay alternativas de desarrollo y ciudadanía que se les están negando. Han ganado algunas elecciones, pero no han podido cambiar nada, que es lo más frustrante para cualquier ciudadano.
Por eso, entender la pluralidad de los movimientos que están operando en la sociedad desde abajo, es necesario para volver a unir un país que parece fragmentado por la geografía electoral. Hace poco José Jerí anunció una gira por el país. Yo propongo que, si la gira pasa por las regiones del sur, una manera de acercarse a la ciudadanía pasa por la reconciliación y reparación. Muchos compatriotas perdieron familiares en protestas sociales y hasta ahora nadie les ha reparado nada. Si tanto preocupa el voto antisistema, el sistema tiene poco tiempo para reparar y no lamentarse.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.