Decía G. K. Chesterton que una de las mayores dificultades que enfrentaron los biógrafos de San Francisco de Asís era conciliar ideas que parecían irreconciliables sobre el santo. Caminaban de la mano con la historia del santo hasta que encontraban con un abismo irreconciliable. Es como si el mensaje de Francisco de Asís fuera soportable solo si convive con lo razonablemente aceptable de la austeridad, del ascetismo y de la piedad. Solo si no es incómodo. Pero si el mensaje transmite una austeridad intransigente para nuestros ojos, si su estela siembra un ascetismo innegociable porque era insultante para muchos religiosos que andaban emperifollados y descarriados, en ese momento, Francisco de Asís, parece solamente un loco desenfrenado que hablaba con animales, con la luna y con el sol.
Desprovisto de lo que parece irreconciliable, el pontificado de Francisco parecerá también soportable solo si es que no presenta abismos racionales irreconciliables para sus biógrafos. Algunos dirán que es admirable su austeridad y amor por los pobres, su preocupación por la paz, y su pastoral de las periferias. Algunos le reconocerán méritos sobre el combate contra los abusos eclesiales y la pederastia, y quizá algún gesto de preocupación por el planeta. Sus críticos más severos dirán que introdujo la duda y la incertidumbre en temas de moral cristiana, que la doctrina que tanto había cuidado la Iglesia, la intentó dilapidar con un gobierno colegial que descentralizara el margen de decisión a los obispos y las iglesias locales. Pero para mí su gran virtud fue derrumbar las paredes de una burocracia vaticana anquilosada y decadente.
La Iglesia Católica no vivía una primavera pastoral cuando Francisco asumió el pontificado. Benedicto XVI no se vio ni con las fuerzas ni con el entusiasmo necesario para hacer lo que en el argot futbolístico se conoce como una limpia del vestuario. Había muchos personajes siniestros que habían aprovechado años de privilegios para extender redes inauditas de compadrazgo con abusadores. Se necesitaba a alguien en el que habitaran esas contradicciones que parecen irreconciliables para el tradicionalista más obcecado. Bergoglio, el papa Francisco, llegó para pelear aquellas batallas que la severidad doctrinal de Ratzinger no pudo pelear, y se empeñó en combates que otros pontífices dieron por perdidos.
El mensaje de Francisco fue un mensaje severamente incómodo para muchos prelados que callaron atrocidades durante muchísimos años. Si lo despojamos de la radicalidad con la que quiso combatir muchos males que crecieron en la burocracia vaticana, Francisco solo parecerá un demente que intentó hablar de periferias y misericordia en un lenguaje desangelado. Revestido con ese coraje, con el tiempo, muchos de sus críticos más severos le reconocerán a Francisco la heroicidad de enfrentarse estructuras y corruptelas que eran inexpugnables.
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