Hay países donde votar es un acto de fe. En el nuestro, todavía es un acto de adivinación. Y uno que se hace, además, con el cansancio de quien ya ha votado demasiadas veces sin encontrar una tregua. Los dos expresidentes sentenciados esta semana son recordatorio suficiente de eso.
En la próxima elección, el ciudadano peruano no solo deberá escoger a quien lo represente, sino también descifrar una cédula nueva, intrincada, de dos cámaras y demasiadas casillas. Un país que se juega su legitimidad democrática no puede dejar que la suerte –o la confusión– decida su futuro.
El gobierno de José Jerí, denominado de transición y reconciliación, ha asumido, según sus propias palabras, la doble tarea de garantizar la seguridad ciudadana y de asegurar un proceso electoral transparente. La primera ocupa titulares; la segunda decidirá su legado. Porque la validez de una elección no depende solo de que no haya fraude, sino de que sepamos qué hacer con el máximo poder que tenemos los ciudadanos en democracia: un lapicero frente a una cédula. Y una cédula compleja en manos de un electorado desinformado es, en sí misma, una amenaza a la democracia.
La Ley Orgánica de Elecciones establece que, si los votos nulos o en blanco superan los dos tercios de los emitidos, la elección se anula. No es un escenario probable, pero sí una advertencia sobre el costo de la desinformación. Con la nueva cédula bicameral –una con más casillas que certezas– el mayor riesgo no está en la manipulación del voto, sino en su pérdida por desconocimiento. Si el gobierno de transición y reconciliación quiere honrar su nombre, debe empezar por reconciliar al ciudadano con el acto de votar. Para ello, resulta absolutamente indispensable una política nacional de educación electoral agresiva y sostenida.
Es cierto que el Ejecutivo está volcado en reforzar la seguridad, pero no puede relegar otra tarea igual de urgente: lograr que cada peruano sepa cómo traducir su decisión en una cédula válida. De eso depende que el voto sea no solo libre, sino efectivo, y por ende realmente democrático. Es una tarea enorme –pedagógica, logística, comunicacional– que no se resuelve solo con spots ni afiches. Habrá quienes apuesten por beneficiarse de esa confusión –porque una cédula incomprendida siempre favorece a alguien–, pero si queremos una elección real, necesitamos exactamente lo contrario: un país que sepa votar. Esa es la única garantía de que la voluntad del Perú no se pierda en un cuadradito mal marcado.
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