En tiempos de incertidumbre, personas, empresas y gobiernos buscan reducir el margen de duda antes de tomar decisiones. Esa necesidad atraviesa todos los ámbitos, desde elecciones personales hasta estrategias económicas o políticas públicas. En ese esfuerzo por entender el presente, las encuestas cumplen un rol central. No son instrumentos para predecir el futuro, sino herramientas que permiten leer cómo piensa, siente y actúa la población en un momento determinado. Por eso son utilizadas en todas las democracias modernas como insumo para la toma de decisiones.
Su principal limitación es conocida. Las encuestas no son exactas y siempre operan con un margen de error. En contextos como el actual, donde el voto está altamente fragmentado y las diferencias entre candidatos son mínimas, resulta especialmente difícil determinar si los cambios entre una medición y otra reflejan movimientos reales o simples variaciones estadísticas. Es la repetición periódica de las mediciones la que permite observar la evolución y detectar tendencias más que resultados definitivos.
Leer tendencias es, precisamente, lo que permite el análisis político. A partir de ellas se estiman probabilidades, se ajustan campañas y se interpretan posibles escenarios. Sin embargo, entre cada encuesta interviene la coyuntura. Denuncias contra candidatos, crisis políticas o el desempeño del gobierno pueden alterar la percepción ciudadana en cuestión de días. La opinión pública no es estática y cada evento introduce nuevos elementos que reconfiguran las preferencias.
Ante la ausencia de una medición diaria del ánimo social, algunos analistas recurren al análisis de la conversación en redes sociales. Allí se expresan opiniones espontáneas, lo que permite seguir el pulso inmediato del debate. Pero esta herramienta también tiene límites importantes. Hoy, cerca del 74% de la conversación digital sobre las elecciones se origina en Lima. Esa concentración geográfica distorsiona la lectura de un país mucho más diverso. Si a ello se suma la inversión publicitaria de los candidatos en plataformas digitales, el panorama puede amplificarse artificialmente y no necesariamente representar la opinión nacional.
Encuestas y monitoreo de redes sociales no compiten, se complementan. De hecho, no siempre coinciden. Aunque el volumen de conversación digital está liderado por los mismos candidatos que encabezan las encuestas, en el resto de casos la relación es débil. Ha habido momentos en los que ciertos postulantes dominaron la conversación en redes, pero ese protagonismo nunca se tradujo en intención de voto. La visibilidad no es sinónimo de apoyo electoral.
En medio de esta búsqueda por anticipar resultados han aparecido también las casas de apuestas como una referencia adicional. Algunos observadores miran sus cifras como si fueran una señal adelantada de lo que podría ocurrir. Sin embargo, esos resultados reflejan únicamente la percepción de un grupo reducido de personas que apuesta en función de la información disponible, de su interpretación de encuestas y redes, y de su propia disposición al riesgo. No son mediciones representativas ni sustituyen el análisis social.
En un proceso electoral tan volátil como el actual, ninguna herramienta por sí sola ofrece respuestas definitivas. Las encuestas permiten entender el presente, las redes muestran el clima del debate y las apuestas revelan percepciones individuales construidas a partir de esa información. El análisis de redes sociales y las referencias de las casas de apuestas podrían, en algunos casos, coincidir con el desenlace real, pero no son herramientas científicas ni representativas del conjunto de la población. Las encuestas, en cambio, se basan en metodologías estadísticas, muestras diseñadas y márgenes de error conocidos, lo que permite aproximarse de manera rigurosa al estado de la opinión pública, entendiendo que esta es dinámica y cambia constantemente; por ello, es necesario saber leerlas e interpretarlas.
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