El miedo, la cualidad dominante hoy en día, nos aleja y nos acerca. Pero lo opuesto del miedo no es el coraje, sino la esperanza. La Rochefoucauld afirmaba que la esperanza era inseparable del miedo, aunque eso ocurre, creo, solo en algunas personas elegidas. Poder esperar con dignidad es un recurso preciado y precioso.
En cambio, la ignorancia y la arrogancia que mostraron en etapas sucesivas algunos gobiernos de potencias mundiales (no revelar a tiempo la información de la pandemia, luego minimizarla contra los consejos de los científicos) han vuelto a mostrarse como aliadas de la desgracia. No hay mejor ejemplo de la ignorancia y la arrogancia que el de algunos líderes mundiales, empezando por el presidente de Estados Unidos. El pecado original de su gestión ha sido ir dividiendo cada vez más el país que gobierna, en su vocación por crear enemigos como un alimento a su narcisismo. Ahora enfrenta la crisis desde un búnker, con una sociedad polarizada, en un riesgoso juego político. Es lo mismo que pasa con España, Italia, Francia e Inglaterra, como bien comenta Victor Lapuente esta semana, en un magnífico artículo en “El País”.
Nos hemos dado cuenta de que las divisiones son la peor defensa contra cualquier amenaza. El hecho de que existan sociedades consolidadas, como parecen ser las que han superado la pandemia (Nueva Zelanda, Taiwán y pocas más), es decisivo. Mientras haya algún sentido de la comunidad, todavía no está todo perdido. Surgen figuras de liderazgo en algunos lugares. Estas son también revelaciones. Son personas como el padre Albino en su parroquia de Villa María del Triunfo, que ha implementado un programa para llevar alimento a todos los que han izado la bandera blanca en sus viviendas.
No es casual que una novela premonitoria, como “La peste” de Camus, se haya puesto de moda entre los lectores. Los personajes de este libro se encierran en una ciudad sitiada, durante un periodo de cuarentena, a lidiar con la muerte en forma de una enfermedad letal. Cuando al fin la ciudad se libera de la peste, el doctor Rieux, el narrador de la historia, se propone contarla para decir “aquello que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio…”. En el último párrafo, sin embargo, recuerda que “esa muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás,…”. En Camus, la lectura es una fuente para precavernos contra todas las pestes y para admirar el heroísmo y la dignidad de los héroes anónimos. Si algunos hubieran leído más libros, la historia del mundo, no solo la de la pandemia, habría sido distinta.