Nuestra historia está preñada de hombres trágicos, como Atahualpa, Bernardo Monteagudo o Manuel Pardo, que habiendo saboreado las mieles del poder o del triunfo perecieron violenta y prematuramente, como fruto de su obstinación, el odio político y la violencia que ha atravesado nuestro pasado. A esta lista podría agregarse quien fuera el primer presidente constitucional del país, José Bernardo de Tagle y Portocarrero, más conocido como el marqués de Torre Tagle. Su antigua residencia, convertida hoy en sede de la cancillería, nos recuerda cada día la prestancia de su linaje y la riqueza de su clase. Torre Tagle fue una de las figuras decisivas para el logro de nuestra independencia. Siendo intendente de Trujillo, la circunscripción virreinal más poblada de la época, fue el primero en proclamar la independencia, poco después del desembarco de la expedición de San Martín en Paracas y de la proclamación, más bien simbólica, que este hizo en Huaura. En las semanas siguientes, las demás capitales de la intendencia trujillana (Lambayeque, Piura, Cajamarca, Chota, Moyobamba, Tumbes) realizaron proclamas similares, instadas por la autoridad regional que detentaba el marqués. Para los realistas el volteretazo de Torre Tagle supo a traición. Si no estaba de acuerdo con el régimen español o había cambiado sus simpatías políticas, podría haber renunciado antes que dar tamaña sorpresa a sus superiores. Para los seguidores de la independencia, que una autoridad de la talla de un intendente y, además, miembro notorio de la nobleza de Lima adhiriese a su causa, fue un golpe anímico y político impactante. Torre Tagle no era solo un comerciante acaudalado. Había sido alcalde de Lima y representante del virreinato ante las Cortes de Cádiz. Eran ya públicas sus ideas liberales, pero probablemente el virrey Pezuela lo nombró intendente para complacer a los criollos y dar muestras de apertura política. Cuando San Martín salió del Perú, primero para entrevistarse con Bolívar en Guayaquil y después para marcharse definitivamente, dejó en el mando a Torre Tagle, prueba de la confianza que le tenía y su convicción de que podría ser para el Perú lo que para Chile y Argentina fueron O’Higgins y Rivadavia, puentes entre la colonia y la libertad. Pero la tragedia comenzó a tejer sus hilos. La primera trama fue su enfrentamiento con José de la Riva-Agüero, otro noble limeño con aspiraciones políticas y con una popularidad entre los militares que no tenía el marqués. En medio de la guerra contra los realistas, uno instaló su gobierno en Trujillo y el otro en Lima, dividiendo al país en dos bandos. En medio de este escenario llegó Bolívar. Primero se apoyó en Torre Tagle, para deshacerse de Riva-Agüero. Solicitó después a Torre Tagle iniciar conversaciones con el virrey La Serna para un acuerdo de paz, cuya finalidad real era ganar el tiempo necesario para recibir refuerzos de Colombia. Y aquí la historia se complica, porque el marqués, harto de los desplantes y la tiranía de Bolívar y la preferencia que tenían las tropas colombianas para el reparto de pagas y botines, pareció preferir un país ocupado por los españoles que por los aficionados a la cumbia. Su permanencia en Lima, cuando la ciudad fue recuperada por los realistas en el verano de 1824, hizo pensar a Bolívar que el noble limeño había optado por reconciliarse con los antiguos amos. Antes que ser fusilado como traidor, procuró un asilo, que no consiguió. Para algunos, como Jorge Basadre, Torre Tagle fue un patriota, víctima de las maquinaciones de Bolívar para controlar el poder. Para otros, como los historiadores Timothy Anna y Brian Hamnet, fue un aristócrata oportunista que, resentido por su desplazamiento, optó siempre por lo que creyó más seguro, jugando mal sus cartas en la ronda final. El hecho es que pudiendo haberse convertido en el héroe nacional de la independencia, del que carecemos, pereció de escorbuto en el Real Felipe, hace exactamente 200 años.