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John Quincy Adams criollo
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En los últimos tiempos he tenido la oportunidad de estar cara a cara con muchos políticos, incluidos algunos candidatos presidenciales. Uno de ellos me decía: “Yo toda la vida me he autogobernado, he sido mi propio jefe; como la mayoría de los peruanos, soy emprendedor y a mí nadie me manda”. Ante ello, le hice la siguiente pregunta: “Candidato, ¿cómo se va a sentir, de llegar a la presidencia, sabiendo que tendrá como jefes a 33 millones de peruanos?”.
El candidato admitió que la pregunta era retadora. Después de unos segundos de reflexión, respondió algo que lamentablemente se encuentra en sintonía con los deseos de cierta parte del electorado insatisfecho con la parálisis que vive el país: la creencia en la necesidad de un líder fuerte que resuelva todos nuestros problemas. El candidato dijo lo siguiente: “Bueno, el país tendrá que entender que yo estaré al mando y muchas veces las decisiones que tome serán por su bien y sin su consulta”.
Algunos podrían argumentar, y con razón, que la democracia directa –es decir, aquella que consulta a la población sobre todos los asuntos de gobierno, como hacer referéndums sobre cada ley– no solo es inviable e ineficiente, sino que además inevitablemente implicaría que alguien fije la agenda para guiar las decisiones. Como advertían los padres fundadores de Estados Unidos y Alexis de Tocqueville, siempre existe el riesgo de la tiranía de la mayoría.
Sin embargo, el candidato en cuestión seguramente no ha leído a Tocqueville, ya que me dijo, en otras palabras, que le generaba una especie de urticaria leer literatura académica de ciencia política. Ciertamente no estamos ante una versión criolla de John Quincy Adams. Si bien se trata de un candidato de derecha, está convencido de que, al obtener el voto popular, tendría un mandato legítimo para imponer mano dura, encarnando así la mismísima voluntad del pueblo. Hay que advertir que cuando un político se pone el guante para actuar con firmeza contra el crimen –algo que la población anhela–, no estamos muy lejos de que use ese mismo guante para buscar permanecer en el poder indefinidamente. Basta ver el caso de Bukele para darse cuenta de ello.
“No acepto invitaciones para ir a foros en los que se habla de deliberación democrática”, me confesó. Le concedo que muchos estamos hastiados de foros protagonizados por gente pedante cuyo sonido favorito parece ser el de su propia voz. También le concedo que comprender las causas de los problemas del país no se explica únicamente a través de resultados estadísticamente significativos de complejos modelos de regresión múltiple. Sin embargo, sí es importante escuchar a los expertos –los que realmente lo son– y guiarse por cierta metodología científica –así sea en solitud– para obtener una mejor comprensión sobre qué pasos tomar a la hora de gobernar.
¿Qué pasa por la mente de una persona que se ha autoconvencido de que puede gobernar a millones de personas? Me resulta difícil comprender ese nivel de narcisismo. Y después de muchos años estudiando política, sé que nadie se guía únicamente por buenas intenciones.

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