Ese golpe bajo ya se veía venir. Volvamos al 2018 durante el primer gobierno de Donald Trump. El round número uno de la guerra comercial entre EE.UU. y China, un intercambio cerrado de ganchos arancelarios, acabó con la firma del Acuerdo de Fase Uno en el 2020. ¿Quién se alzó como vencedor? La pandemia, que mandó a los dos titanes a sus esquinas, golpeando sus economías e interrumpiendo el comercio global. China siguió entrenándose.

Desde entonces, China ha reducido sus riesgos, disminuyendo su dependencia comercial de EE.UU., reorientando sus exportaciones para saltarse los aranceles estadounidenses o diversificando sus fuentes de importación. A pesar del músculo que exhibe en la cadena de suministro global, los nuevos aranceles podrían afectar sus perspectivas de crecimiento mucho más que durante el primer mandato de Trump, porque su recuperación económica no ha terminado.

China ha prometido que “luchará hasta el final” si EE.UU. intensifica la guerra comercial. Tiene un plan de contingencia y está lista para dar pelea. En el ring, Trump es un fajador y necesita ganar por KO con la estrategia de aniquilación. China irá por los puntos, porque Xi Jinping es un técnico que busca el desgaste del oponente para atacar. No es una pelea por aranceles. Lo que ambos países se están jugando es el diseño de un nuevo orden económico global.

En esta lucha de gigantes que representan más de un tercio del PBI mundial, Trump ha subido al cuadrilátero a las economías ‘sparring’ para que tomen partido y dejen sola a China, en medio de golpes arancelarios. Pero la verdadera pelea es por el ascenso chino. EE.UU. es la mayor economía y el mercado de consumo más grande del mundo que tiene al dólar como moneda de reserva internacional. Las repercusiones de una guerra comercial abierta entre estos dos pesos pesados se traducirán en un crecimiento global más lento.

China ha demostrado que es resiliente y, además, por la naturaleza de su sistema político, dispone del tiempo que a Trump se le acaba. Para sostener un crecimiento del 5%, y ante los efectos colaterales globales, Xi redoblará las políticas de consumo interno y lanzará un mayor estímulo fiscal que en algo podrán mitigar el daño arancelario. Aunque esperado, el golpe ha sido fuerte para China. Pero si EE.UU. no asesta pronto otro derechazo, ya sabemos quién ganará esta pelea.


*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Patricia Castro Obando es doctora en Antropología China

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