La vieja fiebre

El desatino empieza a rondar al presidente Jerí.

    Mario Ghibellini
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    La fiebre del Potomac, el más importante de los ríos que pasan por Washington, existe. Es un mal que ataca a los caballos que beben de sus aguas, ocasionalmente infectadas por cierta bacteria de nombre impronunciable. La expresión, sin embargo, se usa también en Estados Unidos para aludir a otro tipo de calentura. Una que afecta a los políticos que, al contacto con el poder que adquieren al llegar al Capitolio o la Casa Blanca (edificios ambos ubicados en Washington), pierden de pronto la perspectiva del encargo que han recibido y concluyen que es indispensable engrandecer su rol en la historia. Asegurarse, en buena cuenta, una popularidad que les permita permanecer en la encumbrada posición que ocupan o volver a ella si las reglas de la democracia le exigen un alejamiento temporal. Un propósito que, irónicamente, persiguen a base de despropósitos.

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