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La pregunta más estúpida disponible, por Santiago Roncagliolo

“Claudio estuvo en nuestra vida de un modo que la hizo diferente. Nos enseñó libros, y por tanto, nos enseñó sobre nosotros mismos”.

Tazza

“En un instante, comprendía que no podía estar ahí, pero de inmediato, volvía a verlo”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

El viernes pasado, en la cola del cine, eché un vistazo a mis redes sociales. Varios de mis contactos ponían fotos del editor de Penguin Random House, Claudio López Lamadrid. Algunos se despedían de él. Yo pensé: “¿Qué pasa con Claudio? ¿Renuncia a la editorial? Seguro que otra empresa le va a pagar un dineral”.

Porque no era posible que estuviese muerto. Se mueren los viejos, ¿no? Un infarto cerebral es una cosa que te da después de jubilarte, metido en tu casa, cuando ya nadie te ve, ¿verdad?

Tres días después, en su funeral, setecientas personas nos repetíamos esas preguntas. Claudio acababa de cumplir 59, no tenía una enfermedad visible ni una vida aparentemente insana. “¿Qué le pasó?”, nos decíamos unos a otros, en busca de alguna respuesta razonable, una causa evidente que nos hubiese pasado inadvertida, o que él hubiese escondido. Supongo que, en el fondo, el miedo era, “¿puede pasar así, sin aviso? ¿Nos puede pasar a nosotros también?”.

No me atrevería a presentarme como un gran amigo de Claudio. No hablábamos de cuestiones personales. Nunca estuvo en mi casa ni yo en la suya. Y sin embargo, de repente comprendí que llevábamos como una década encontrándonos por una razón u otra casi todos los meses. Más de lo que veo a algunos de mis parientes. Yo asistía a eventos de la editorial, o me lo encontraba en reuniones de amigos. Él venía a presentaciones de mis libros. Planeamos miles de proyectos que nunca realizamos, y algunos que sí. Compartimos chismes, nos recomendamos novelas, nos reímos. Solo era trabajo. Pero adoramos lo que hacemos. En el fondo, todo ese tiempo estábamos hablando de cosas personales. Supongo que eso explica la multitud en ese tanatorio. Claudio no estuvo en las setecientas casas. Pero sí en nuestra vida, de un modo que la hizo diferente. Nos enseñó libros, y por tanto, nos enseñó sobre nosotros mismos. No podíamos dejar de homenajear lo que nos dio.

Conocer a los mejores escritores del mundo te asegura epitafios incomparables. Claudio los ha tenido en la prensa de varios países. Pero incluso al más premiado le faltan palabras para la muerte. Para explicarla. O para disculparla. No importa cuánto talento tenga. A la salida del tanatorio, algunas de las plumas más brillantes de nuestra lengua lloriqueaban como niños. Otras contaban chistes compulsivamente. Otras desviaban el tema hacia la crítica literaria. Y es que contamos con fórmulas sociales para bautizos y entrevistas de trabajo. Pero no para compartir el dolor. Cada uno de nosotros trataba de gestionar lo que había ocurrido con las palabras que tenía. Y todas nuestras frases estaban equivocadas.

Yo saludaba a todos diciendo, “¿cómo estás?”. Y de inmediato, me daba cuenta de que era la pregunta más estúpida disponible. Además, cada cinco minutos, me parecía vislumbrar entre la gente a Claudio, un Mefistófeles hípster departiendo con los invitados. En un instante, comprendía que no podía estar ahí, pero de inmediato, volvía a verlo. Quizá porque había ahí muchos familiares suyos, parecidos a él.

O quizá porque estaba de verdad.

Y no me refiero a su espíritu o algo así. El lunes comprendí que no asistimos a los funerales para despedir a los muertos. Lo que hay en esa caja es solo un resto físico, no la persona que echamos de menos. Vamos a los funerales para ver a los vivos. Para tranquilizarnos, porque seguimos ahí después de todo. Para enfrentar juntos los mandobles de la vida. Para prometernos que la máquina seguirá funcionando, aunque ahora siempre le faltará una pieza.

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