El nerviosismo se apoderó de los mercados este último fin de semana cuando se concretó lo que muchos temían: Estados Unidos ejecutó ataques aéreos contra tres instalaciones nucleares en Irán, con el objetivo de impedir que los iraníes desarrollaran un arma nuclear y en evidente respaldo a Israel, que había dado inicio al conflicto el pasado 13 de junio. Aunque el constante estado de crisis en Medio Oriente ya era asumido por los agentes financieros, la incertidumbre sobre una posible respuesta contra EE.UU. hizo que las alarmas se encendieran.
El domingo, pocas horas después del ataque, aumentó la inquietud cuando el Parlamento iraní votó a favor de que se cierre el estrecho de Ormuz, una vía estratégica que bordea la costa de Irán y por donde transita 26% del petróleo producido en todo el mundo. Un evento que, de ocurrir, podría tener repercusiones catastróficas sobre la economía global.
Los mercados estaban bajo alerta y los futuros del petróleo se elevaban casi 5% antes del inicio de operaciones este lunes, a la espera de lo que pudiera ocurrir. Como en cualquier contexto de aversión al riesgo, el temor llevó a diversos inversores a refugiarse en el dólar y a deshacerse de activos más expuestos a la alta volatilidad. Pero la catástrofe no llegó. Ese mismo lunes, en contraste a los peores escenarios pronosticados, Irán atacó una base estadounidense en Qatar que ya había sido alertada y evacuada; una respuesta incapaz de generar consecuencias económicas significativas. Y así, de inmediato, ocurrió lo que ningún analista pudo anticipar: el precio internacional del petróleo empezó a desplomarse. Con el alto el fuego confirmado ayer, el crudo prácticamente salió del ojo de la tormenta, situándose en los niveles más bajos desde que se inició el conflicto Irán-Israel, mientras que el S&P 500, uno de los índices referenciales de Wall Street, se situó a solo 1% de su máximo histórico, como si nada hubiese pasado.
Lo ocurrido demuestra, una vez más, lo impredecibles –y hasta ilógicos– que pueden ser los mercados financieros en algunas ocasiones, y también deja algunas reflexiones sobre la mesa. Una de ellas, que vale la pena repetir cada vez que se pueda, es que, si una crisis no se prolonga, la volatilidad extrema puede ser bastante efímera, y ello obliga a cualquier inversionista a tener cabeza fría; a evitar la toma de decisiones impulsiva o guiada por el temor (que suele abundar). Un evento como el de los últimos cinco días nos recuerda, una vez más, que los fundamentos económicos no cambian de la noche a la mañana, y que cualquier decisión precipitada puede llevar al arrepentimiento. En el pico de la incertidumbre, lo mejor es sentarse y esperar a ver si el cielo se despeja más pronto que tarde.
Y esto está conectado con una segunda reflexión: en algunas ocasiones, la lógica no siempre mandará. En los mercados, como en muchos otros aspectos de la vida, la certeza no es absoluta. Por ello, diversificar las inversiones y siempre mirar a largo plazo será vital para mantener la calma.
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