
“Escoge la vida” es un libro en el que se compilan una serie de conversaciones sostenidas entre Arnold J. Toynbee, notable historiador inglés, y Daisaku Ikeda, un controversial escritor y activista japonés, que pronto cumplirá medio siglo de publicado. En un intento por analizar una variedad de asuntos, desde perspectivas diferentes y a veces opuestas, el texto nos traslada a un observatorio desde donde es posible avizorar los antecedentes de la deshumanización que hoy nos aqueja. El epígrafe del escrito de los que se reunieron en Londres para dialogar proviene del libro del Deuteronomio. “Escoge la vida, para que vivas tú y tu posteridad” resulta ser una suerte de faro que ilumina temas y problemáticas que, a la luz de los acontecimientos actuales, adquieren las características de una profecía autocumplida. Entre la gama de lo discutido en la capital británica destacan: los aspectos animales del ser humano, su ataque al medio ambiente, los límites del intelecto científico, la naturaleza de la guerra y su futuro, los resguardos contra el fascismo, el viejo dilema entre democracia y dictadura o la compasión como práctica de un amor, que eleva y cura, en medio de la adversidad.
Toynbee, recordado por su clásico “Study of History” en 12 volúmenes, trajo a la mesa un tema relevante en estos tiempos de codicia desenfrenada y falta de respeto por la vida ajena. Para el historiador inglés el gran desafío para la convivencia humana es la “despersonalización” en el occidente moderno. Un proceso que, junto a la evolución del concepto de la dignidad humana, ilustró a partir del análisis de los cambios en la esfera política así como en la de los significados. De esto último da cuenta la resignificación de la palabra cáritas, que originalmente se refería a afecto y ternura para luego derivar en la noción de dádiva, usualmente del rico hacia el pobre y menesteroso. Ciertamente, la palabra caridad en el sentido occidental moderno entraña cierta condescendencia, todo lo contrario al respeto en términos de igualdad hacia la dignidad del otro. Más aún las obras caritativas, hechas sin amor, añadirá Ikeda, pueden dañar, de la misma manera que el amor abstracto, porque sin una aplicación práctica, aquel sentimiento carece de sentido.
Respecto a la dignidad, tanto Toynbee como Ikeda suscribieron la importancia de la “dignidad de la vida” y que tal valor era de naturaleza universal. Es así que existe “dignidad en la tierra, el aire, el agua, las rocas, los manantiales, los ríos, los mares; y si los seres humanos violamos la dignidad de estas cosas violamos nuestra propia dignidad”. Esta última nos llegó junto con el desarrollo de un alto grado de conciencia. Sin embargo, el hombre en un camino histórico plagado de odios, menoscabos y egocentrismo, perdió de vista el valor de la dignidad ajena. Y en esa línea de pensamiento se me vino a la memoria un viejo texto de Erhard Eppler en el que señalaba que la discusión no debía centrarse en lo que el ser humano debía consumir sino en lo que necesitaba para realizar sus potencialidades mediante una creatividad liberadora. Porque, como lo señaló en su momento G. Weber, la destrucción de las comunidades con estructuras sociales intactas, así como el injerto de sus miembros en “lacerantes pilas de cemento de los cinturones de las ciudades” lleva a una pérdida de identidad, es decir de la propia historia lo que provoca, usualmente, una regresión psíquica y todos los malestares mentales, entre ellos las adicciones, de las que somos testigos.
Esta semana que pasó vimos pilas de cemento enterrando y destruyendo las vidas de decenas de compatriotas. En la cadena de desaciertos, que para los expertos en el tema son sistémicos porque tienen que ver con el planeamiento y la gestión de la infraestructura en el largo plazo, primó la codicia y la corrupción pero, también, el desinterés por la dignidad y el bienestar del otro. A mí me resultó, particularmente, difícil comprender la robotización del encargado de explicar lo acontecido pero, también, la evidencia tangible de que la caridad ya no está asociada a la compasión por el dolor ajeno sino a la condescendencia y lo que es peor a la intención de proteger a los verdaderos responsables. Y en este escenario cada vez más espeluznante regrese a la demanda por la “patria de vivientes” del Solitario de Sayán. Probablemente un canto de cisne desde el mundo de las Humanidades donde la Ética, tanto pública como privada, era imprescindible para dotar al Perú de un futuro, que ahora parece yacer entre los escombros. De esa manera no se pierde la esperanza.

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